Desde Miami en exclusiva, Rosario Solares nos escribe un cuento de Navidad

La escritora Rosario Solares desde Miami escribe para News Digitales un exclusivo cuento para esta Navidad 2020

Cuento de Navidad

“Ir al trabajo por la mañana, manejar con el tráfico, llegar, hacer lo mismo como todos los días… Esa noche sería Nochebuena. Tremenda lata. Ella tenía que cocinar para toda la familia que vendría, como todos los años a comer con su marido y sus tres hijos.

Estaba francamente cansada. De la vida, de las celebraciones, de la familia, de todo. Hoy trabajaba media jornada. Sus compañeros de trabajo, todos muy contentos le desearon feliz Navidad.

¿Y qué era para ella la Navidad? Comprar regalos, envolverlos, cocinar, trabajar. Salió a la calle dispuesta a tomar el auto y dirigirse hacia su casa. Su semblante no era feliz. No estaba feliz.

-Señora, ¿podría darme una limosnita? Miró al niñito sucio de mirada suplicante. Normalmente no hacía caso a esos mendigos que abundaban en las calles…pero algo en su interior se revolvió aquél día; después de todo, era Nochebuena y al día siguiente, Navidad.

Y ese niño de apenas seis años, flaco y malamente vestido, le inspiró algo parecido a la compasión. Andar pidiendo un  donativo, sin unas ropas decentes ni abrigo que lo amparara del frío viento que cortaba la respiración, era algo inhumano para cualquiera, y menos para un niño tan pequeño.

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Se le acercó y lo miró atentamente. Los ojos del pequeño brillaban azules entre la negra suciedad de su carita. Le pareció que una lágrima cuajada luchaba por descender por sus mejillas rojas por el frío, negras por la pobreza y falta de aseo. Sin pensarlo siquiera, lo tomó de la mano.

-¿Cómo te llamas? Quiso saber la dama -Sujej- le respondió el crío avergonzado mirando el piso. Qué extraño nombre- pensó ella. Debe ser un judío o árabe para tener ese nombre.

-¿Tienes familia?

-No.

-¿Con quién vives?

El niñito guardó silencio.

-¿Quieres venir a cenar a mi casa conmigo?

-¿Cenar? ¿Comida? El niño abrió los ojos con deleite.

-Sí, y también dulces y turrones. El chiquillo sólo sonrió asintiendo. Lo llevó a su casa. En ese momento entraban unos parientes, y entre la algarabía de la música, la gente y los niños que gritaban, apenas nadie reparó en ella, ni en su compañero.

Uno de sus hijos tenía su edad, así que sus ropas le servirían. Lo llevó al baño y le dio ropas de su hijo. Cerró la puerta para darle su tiempo y privacidad para que se aseara.

Cuando salió, estaba irreconocible. Su pelo limpio era rubio, sus ojos celestes destilaban bondad y agradecimiento. Dejó al niño con los demás invitados en lo que ella y miembros de su familia preparaban la comida. Una alegría que no había sentido hacía tiempo inundaba su alma. Miró a su familia como si la hubiera visto por primera vez.

Su tía, que a pesar de su mal genio, estaba allí, ayudando con las preparaciones. Su madre con la que tanto discutía, en aquellos momentos, agradeció internamente tenerla con ella, su hermana mayor, su marido…

Sus hijos a los que vio jugando junto al árbol de Navidad junto a su invitado. Oyó la música de Navidad de una manera distinta. Traer a ese niño a casa de alguna forma la había cambiado. Todo era de otro color, y el amor que sentía y que recibía de su familia, era casi palpable. La velada transcurrió de una forma mágica. Todos se sentaron en dos grandes mesas unidas por la gran cantidad de familiares presentes.

Curiosamente Susej tuvo su cubierto y su sitio como si lo hubieran estado esperando siempre.

Después del banquete, procedieron a abrir los regalos, que en su familia los llamaban del niño Jesús. Se dio cuenta que no tendría regalo para su invitado. Tenía solo tres para cada uno de sus hijos.

Se volvió hacia su invitado a ver qué le podría decir. No lo vio. Lo buscó entre todos. Les preguntó a sus hijos que no parecieron comprender. Ellos dijeron que no habían visto ningún niño. Salió a la calle gritando su nombre. Las gentes iban y venían azarosas, pero ni rastro del chiquillo. Casi al borde de las lágrimas, y cuando resignada se disponía a regresar a su casa, miró al cielo.

Una nube se empezó a transformar. Atónita vio por un instante la cara del niño en la nube. Fue tanta la impresión, que casi pierde el conocimiento.

Entonces, de repente, entre el bullicio reinante oyó unas palabras claras y altas como un trueno: “Donde os reunáis en mi nombre, estaré con vosotros. Donde haya paz, amor, comprensión es porque me habéis aceptado entre ustedes. Vivid y agradecer la vida, honrar, familia, país, semejantes. Y todo lo que hagáis por cualquier pequeño me lo hacéis a mí. Agradecer y amar son los dones más grandes  que podéis cosechar. Amaos unos a otros como yo os  he amado”.

¿Quién dijo esas palabras? Le sonaron pronunciadas con una claridad impresionante y sin embargo, nadie pareció percatase de ello. Entró en la casa confundida y alterada.

Algo que vio la hizo comprender todo y deshacerse en llanto. Un cartelito que habían puesto sus hijos enfrente del árbol. Decía simplemente:

Navidad, nacimiento de Jesús. Ese nombre tan extraño y familiar a la vez, Susej… era Jesús ¡al revés!”

Rosario Solares

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