
En Moscú se ha puesto fin a una de las instituciones más singulares de la ciencia rusa contemporánea. El Instituto de Investigación de la Naturaleza del Tiempo, creado en 1999, cerró tras un cuarto de siglo de trabajo en torno a temas que desafiaban los límites de la física clásica: la teletransportación, los viajes en el tiempo y la posibilidad de recibir información del futuro. La noticia sorprendió a una comunidad académica dividida entre la curiosidad y la duda sobre la seriedad de sus propuestas.
La institución, dirigida por el biofísico Alexandr Levich, alcanzó notoriedad por sus casi 900 seminarios organizados a lo largo de su existencia. En ellos se combinaban teorías de mecánica cuántica con aproximaciones poco ortodoxas, atrayendo tanto a científicos como a público interesado en los misterios del tiempo. Sin embargo, desde sus inicios, el proyecto enfrentó cuestionamientos sobre su rigor científico, ya que muchas de sus hipótesis carecían de verificación empírica.
El instituto funcionaba bajo la sombra de la Universidad Estatal de Moscú (MSU), aunque la propia casa de estudios negó que se tratara de un centro oficialmente reconocido. Para algunos investigadores, se trataba más de una estructura paralela que de un verdadero departamento universitario, lo que alimentó las sospechas de quienes veían en sus actividades una mezcla de ciencia especulativa y pseudociencia.
A pesar de las dudas, el trabajo de Levich atrajo la atención internacional en diversos momentos. Los seminarios ofrecían discusiones sobre mecánica cuántica causal, un campo que buscaba explicar el tiempo como un fenómeno con propiedades propias, más allá de la relación espacio-temporal tradicional. El carácter innovador, aunque controvertido, despertó la imaginación de muchos.
El 3 de agosto de 2025 el sitio web del instituto fue actualizado por última vez, antes de desaparecer sin explicaciones públicas. Poco después, medios como RTVI confirmaron la clausura del centro, lo que generó especulaciones sobre presiones internas y la falta de respaldo financiero. Las autoridades universitarias insistieron en que el instituto nunca tuvo un estatus oficial, lo que dejó a su fundador y equipo sin apoyo institucional claro.
El fin del instituto marca también la caída de un proyecto que buscaba desafiar los dogmas científicos. Para sus defensores, se trató de un espacio de libertad intelectual que abrió debates necesarios sobre el papel de la teoría en la exploración del tiempo. Para sus detractores, fue un ejemplo de cómo las fronteras entre ciencia y especulación pueden confundirse peligrosamente.
La clausura ha puesto sobre la mesa una discusión más amplia sobre los límites de la investigación. En un contexto global donde las ciencias duras enfrentan recortes presupuestarios y demandas de resultados concretos, proyectos como este parecen cada vez menos viables. La ciencia rusa, en particular, atraviesa un momento de aislamiento internacional que reduce su margen para sostener iniciativas arriesgadas.
Aun así, la fascinación por los viajes en el tiempo y la teletransportación no ha desaparecido. El cierre del instituto podría reforzar la percepción de que estos temas están destinados a la ciencia ficción, pero también deja la huella de un intento por romper con los moldes tradicionales. Es probable que sus debates persistan en pequeños foros o se retomen en nuevas formas en el futuro.
El caso del Instituto ruso de la Naturaleza del Tiempo refleja las tensiones entre innovación y credibilidad en la ciencia. Mientras algunos defienden la exploración de ideas radicales como motor de descubrimientos, otros exigen que la investigación mantenga siempre un anclaje en la verificación experimental. El desenlace muestra lo difícil que es sostener proyectos que no logran equilibrar ambas exigencias.
En un mundo donde los recursos científicos son limitados, la historia de este instituto se convierte en un recordatorio de que no todas las apuestas visionarias consiguen prosperar. Pero también deja abierta la pregunta sobre hasta qué punto debemos permitir que la ciencia sueñe, incluso a riesgo de equivocarse.