
Detrás de la carne vacuna que cada día consumen millones de argentinos, existe una cadena de valor que empieza en la elección de la genética y finaliza en la mesa. En 2024, la industria frigorífica nacional faenó 13,9 millones de cabezas, con una producción de carne que llegó a 3,1 millones de cabezas, de acuerdo a estadísticas privadas. De este volumen, algo más del 70% se consume a nivel interno y el resto se exporta a mercados de peso, como China, Israel, Europa y Estados Unidos, entre otros
Julio Boutet, periodista especializado en ganadería y que conoce en detalle el negocio a partir de su experiencia de más de una década primero en el Mercado de Liniers y ahora en el Mercado Agroganadero de Cañuelas (MAG) brindó su mirada sobre un sector clave en la agroindustria argentina.
Como punto de partida, explicó que a partir de una rigurosa selección genética, se producen toros y vaquillonas de alta calidad. Estos ejemplares -que se producen en las denominadas cabañas- son el comienzo de un ciclo en donde esa genética de élite se derrama hacia los rodeos comerciales, que finalmente llegan al plato. “Esto es lo que hace que Argentina tenga una de las mejores carnes del mundo, muy reconocida en el mundo”, sostuvo.
El periodista defendió el trabajo de toda la cadena de valor ganadera, que empieza con el productor y sigue con los consignatarios que reciben la hacienda en el MAG -y en centenares de remates ganaderos en todo el país- los matarifes que compran y faenan en los frigoríficos y termina en el mostrador de la carnicería o la góndola de los supermercados.
Boutet remarcó este recorrido que existe en el negocio de la carne y consideró que a veces “se juzga al negocio por una bandeja en el supermercado, la verdad es que hoy es muy difícil comprar carne mala en Argentina, tenés que tener mucha mala suerte para comprar un pedazo de carne malo”.