
El reciente acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán, mediado en Washington por la administración de Donald Trump, representa un punto de inflexión en la geopolítica de Eurasia. Tras décadas de tensiones y conflictos en torno a Nagorno-Karabaj, el pacto establece un marco de paz duradero y, lo más relevante, la apertura del Corredor de Zangezur: una ruta estratégica que conecta directamente Azerbaiyán con su exclave de Najicheván y, de allí, con Turquía. Para Bakú, es la consolidación de un anhelo histórico que garantiza su continuidad territorial y potencia su rol como puente energético y comercial entre el Caspio y Europa.
El papel de Donald Trump fue decisivo. Bajo su mediación, Estados Unidos logró imponerse como garante de un acuerdo que hasta hace poco parecía imposible. El resultado no solo refuerza a Azerbaiyán, sino que también proyecta a Trump como articulador de una paz que redefine los equilibrios regionales. Con la supervisión internacional de Washington sobre el corredor, se reduce drásticamente la capacidad de influencia rusa y se consolida un eje de cooperación que incluye a Turquía como socio clave.
El Corredor de Zangezur abre a Azerbaiyán la posibilidad de convertirse en el nodo central del comercio y la energía en Eurasia. Con este paso, Bakú asegura un enlace directo con Turquía e impulsa el proyecto del “Corredor Medio” que busca conectar Asia Central con Europa evitando las rutas dominadas por Rusia o Irán. Es un triunfo que fortalece el liderazgo de Ilham Aliyev y coloca a Azerbaiyán como un actor indispensable en la reconfiguración de la región.
Este avance llega tras años de bloqueo y guerra intermitente. La apertura del corredor, con respaldo estadounidense, significa que Bakú puede proyectar su influencia más allá del Cáucaso, ampliando sus alianzas estratégicas y ofreciendo a Occidente una alternativa energética y logística en un momento de incertidumbre global.
El pacto supone un duro revés para Moscú. Tras la retirada de sus fuerzas de paz de Karabaj, Rusia pierde ahora la posibilidad de controlar el acceso terrestre entre Azerbaiyán y Turquía. En contraste, Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, se consolida como árbitro principal en el Cáucaso Sur, desplazando a Moscú y ganando influencia en un espacio históricamente dominado por Rusia e Irán.
Este reposicionamiento confirma la visión estratégica de Trump: reducir la dependencia energética europea de Rusia y estrechar la cooperación con aliados clave como Turquía e Israel. En este esquema, Azerbaiyán se convierte en pieza esencial, y el Corredor de Zangezur, en la vía que materializa esta estrategia.
El acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán mediado por Estados Unidos marca un hito diplomático con múltiples ganadores, pero especialmente con dos protagonistas: Donald Trump, que refuerza su imagen de negociador global, y Azerbaiyán, que logra consolidar su posición estratégica. El Corredor de Zangezur deja de ser un proyecto para convertirse en una realidad que reconfigura las rutas de energía y comercio en Eurasia. En este tablero, Washington y Bakú emergen como los grandes beneficiados de un movimiento que debilita a Rusia, inquieta a Irán y abre una nueva era de cooperación regional.
A futuro, el corredor no solo significará una vía de tránsito económico, sino también un símbolo del nuevo equilibrio de poder en Eurasia. Para Trump, es la confirmación de que su liderazgo trasciende las fronteras estadounidenses; para Azerbaiyán, la materialización de su sueño de convertirse en un centro neurálgico de la geopolítica mundial.