
El partido Morena atraviesa un verano convulso que ha dejado al descubierto las tensiones internas y el deterioro de su imagen pública. Tras varios años de hegemonía política, los recientes escándalos de corrupción y errores de gestión han golpeado con fuerza la credibilidad de la fuerza fundada por Andrés Manuel López Obrador. La presidenta Claudia Sheinbaum intenta sostener el rumbo, pero el desgaste acumulado se hace cada vez más evidente.
La narrativa oficialista, centrada durante años en la lucha contra la corrupción y la defensa del pueblo, enfrenta ahora un duro revés. Las encuestas revelan una caída sostenida en la confianza ciudadana hacia Morena, particularmente entre los sectores urbanos y jóvenes que habían sido clave para consolidar su base electoral. Este quiebre marca un punto de inflexión para un partido que parecía imbatible.
En las últimas semanas se han revelado denuncias de contratos inflados y desvio de recursos públicos en distintos niveles de gobierno vinculados a Morena. Estos casos no solo han generado críticas de la oposición, sino también tensiones dentro del propio partido, donde algunos dirigentes temen que la corrupción erosione la legitimidad de la administración federal. El contraste entre el discurso moralizador y la realidad expuesta golpea con fuerza la credibilidad del oficialismo.
Aunque Sheinbaum ha intentado contener la crisis con llamados a la transparencia y promesas de investigación, el daño ya está hecho. La percepción de que Morena no es inmune a las viejas prácticas políticas cala con fuerza en la opinión pública, debilitando el relato de renovación que había sostenido la identidad del movimiento.
A la par de los escándalos, han surgido fracturas dentro de Morena entre distintos grupos que buscan posicionarse de cara a los próximos procesos electorales. Las pugnas por candidaturas y espacios de poder se han intensificado, y algunos líderes regionales han comenzado a marcar distancia del comité nacional. Esta falta de cohesión proyecta la imagen de un partido más preocupado por disputas internas que por atender las demandas sociales.
En medio de este panorama, los sectores más radicales presionan por mantener la línea dura frente a la oposición, mientras otros impulsan una estrategia más conciliadora. La falta de un rumbo claro amenaza con fracturar al partido en un momento en el que necesita mostrar unidad para enfrentar los desafíos de gobierno.
El desgaste se refleja también en las encuestas de opinión, donde Morena muestra un descenso progresivo en su nivel de apoyo. Los jóvenes y sectores urbanos, antes fundamentales para las victorias electorales, hoy se muestran más críticos y distantes frente a la gestión del partido. Esta pérdida de confianza podría traducirse en un debilitamiento electoral en las elecciones intermedias.
La oposición, aunque fragmentada, busca capitalizar este momento para recuperar terreno político. El malestar ciudadano frente a la corrupción y la percepción de ineficiencia abre un espacio que, de ser aprovechado, podría alterar la correlación de fuerzas en el Congreso y en los gobiernos locales.
Ante este escenario, Claudia Sheinbaum ha intentado reposicionar su liderazgo con mensajes de estabilidad y promesas de reformas que fortalezcan la transparencia y la gobernabilidad. Sin embargo, el contexto es más adverso que el que enfrentó López Obrador en su momento, pues la población ya no muestra la misma tolerancia hacia los errores de la administración.
El reto para la presidenta es doble: recomponer la imagen de su partido y al mismo tiempo mantener la gobernabilidad en un país marcado por la inseguridad y la desigualdad. Cada error de gestión alimenta la narrativa de que Morena se aleja de sus principios fundacionales, lo que debilita aún más su margen de maniobra.
Morena vive el verano más difícil desde que llegó al poder, un punto de inflexión que podría redefinir su futuro político. La combinación de escándalos de corrupción, divisiones internas y desgaste ciudadano lo colocan en un terreno inestable, con consecuencias que podrían impactar de manera directa en las próximas elecciones.
Si el partido logra superar esta etapa con un golpe de timón claro, todavía tiene margen para recuperar confianza. Sin embargo, de persistir las fracturas y el descrédito, Morena podría enfrentar una erosión irreversible de su hegemonía, abriendo espacio a un reacomodo profundo en el mapa político mexicano.