
El Senado de México fue escenario de un episodio de violencia política sin precedentes recientes. Durante la clausura de la sesión del 28 de agosto, el líder del PRI, Alejandro “Alito” Moreno, intentó intervenir tomando del brazo al presidente de la Cámara, Gerardo Fernández Noroña. La acción desató un intercambio de empujones y gritos que escaló hasta convertirse en una confrontación física, todo mientras se entonaba el himno nacional.
Las cámaras de transmisión en vivo mostraron cómo el forcejeo terminó con un fotógrafo derribado y varios senadores intentando separar a los implicados. La escena evidenció la profundidad de la confrontación política en un Senado marcado por la crispación y la falta de consensos.
El presidente del Senado, Fernández Noroña, condenó el altercado y anunció la convocatoria a una sesión extraordinaria para proponer la expulsión de Moreno y otros tres legisladores priistas involucrados. “El Senado no puede convertirse en un ring de boxeo”, declaró tras el episodio, subrayando la necesidad de preservar la institucionalidad.
Moreno, en contraste, negó haber iniciado la agresión y responsabilizó a Noroña de haber provocado la situación. Desde el PRI se denunció que se busca aprovechar políticamente el incidente para debilitar a la oposición y reforzar la hegemonía oficialista en la Cámara.
Esto acaba de suceder en el Senado de México. Lo corrieron a golpes a la mano derecha de Nicolas Maduro en el país, Gerardo Fernández Noroña, conocido como el corrupto “Changoleón”.
— Agustín Antonetti (@agusantonetti) August 27, 2025
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El choque ocurrió en medio de un debate sobre la presencia de fuerzas armadas extranjeras en México, un tema que polariza a las principales bancadas y que refleja el deterioro del diálogo político en el país. La discusión, lejos de resolverse en el terreno legislativo, terminó en un espectáculo que genera preocupación sobre el rumbo institucional.
Este incidente no es solo un arrebato personal, sino un síntoma del nivel de confrontación que atraviesa la política mexicana. Con reformas judiciales en marcha y un clima de desconfianza generalizada, la pelea en el Senado simboliza la fragilidad del debate democrático en un momento crucial para el país.