
Un mapa nunca es inocente. Cada trazo define qué territorios parecen grandes, cuáles quedan reducidos y hasta quiénes resultan invisibles. Pero además de mostrar fronteras, los mapas deciden dónde está el “centro” y qué regiones quedan relegadas a la “periferia”. Influyen en cómo se enseña la geografía, en las percepciones económicas, en la relevancia estratégica y en la forma en que el mundo imagina su propia organización.
Durante siglos, África fue achicada en los atlas y globos terráqueos. Esa reducción no fue un simple error técnico, sino el resultado de decisiones históricas con profundas consecuencias simbólicas. La proyección de Mercator, creada en 1569 por el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator, servía para la navegación porque permitía trazar rutas rectas en el mar, pero a cambio alteraba las proporciones: los territorios cercanos a los polos, como Groenlandia, aparecían enormes, mientras los del ecuador, como África, quedaban disminuidos.
Las comparaciones son reveladoras: Groenlandia suele aparecer del mismo tamaño que África, pero el continente africano es 14 veces más grande. Europa parece similar en proporción, aunque África la supera en superficie casi tres veces. Incluso Estados Unidos y China juntos entran holgadamente dentro de África. Con más de 30 millones de kilómetros cuadrados y 1.400 millones de habitantes, es el segundo continente más extenso y el más joven en términos demográficos.
La Unión Africana reclama ahora un cambio estructural: que los mapas del mundo en manuales escolares, medios de comunicación y organismos internacionales se actualicen con proyecciones más justas, como la de Gall-Peters, que refleja la proporción real de los continentes. “Los mapas no son dibujos inocentes. Durante siglos se enseñó un África pequeña, débil, marginal. Corregir esa mirada es parte de nuestra soberanía cultural”, advirtió recientemente un representante del organismo.
El reclamo no es nuevo. En 1973, el historiador alemán Arno Peters popularizó una proyección alternativa que mostraba a África en su verdadera escala, como un continente inmenso en el corazón del planeta. La iniciativa generó debates académicos y políticos porque evidenciaba cómo la cartografía tradicional reforzaba jerarquías globales. “Un mapa es un instrumento de poder. Define quién está en el centro y quién queda en los márgenes”, señaló un geógrafo africano en un reciente congreso internacional.
Las consecuencias de estas distorsiones son profundas. Al enseñar un continente reducido, se transmite la idea de menor relevancia económica y política. Esa percepción influye en las inversiones, en las prioridades de cooperación internacional y en la manera en que el Norte global evalúa la importancia estratégica de África. “Si ves tu país pequeño en el mapa, creces sintiéndote pequeño en el mundo”, resumió un educador sudafricano.
Hoy, el continente busca revertir esa narrativa. África ya no quiere ocupar un espacio marginal en la cartografía ni en la geopolítica. Su ingreso reciente al G20, su rol central en la transición energética gracias a los minerales críticos y el peso de su población en crecimiento muestran que es una región decisiva para el futuro global.
El desafío de la Unión Africana va más allá de un ajuste técnico: es un llamado a redibujar la manera en que el planeta se piensa a sí mismo. En los mapas del futuro, África no quiere aparecer minimizada: exige ser vista en toda su magnitud, como un continente vasto, diverso y esencial para entender el mundo que viene.