Durante generaciones, el sur de Italia fue sinónimo de abandono. Las colinas de Calabria, los campos de Apulia y las costas de Sicilia se vaciaron lentamente mientras miles de jóvenes partían hacia Milán, Turín o incluso Alemania y Suiza. Buscaban lo que su tierra no podía ofrecerles: trabajo estable, servicios públicos eficientes y un futuro sin depender de la emigración.
Esa historia -marcada por el desequilibrio entre el norte industrial y el sur rural- está empezando a cambiar. Por primera vez en décadas, el Mezzogiorno vislumbra un horizonte más optimista. El regreso de trabajadores, el repunte de la construcción y una ola inédita de inversión pública y privada han encendido una esperanza largamente postergada.

El impulso económico llegó de la mano del plan europeo de recuperación pospandemia, que inyectó miles de millones de euros en infraestructura, tecnología y transición verde. Italia destinó cerca del 40% de esos fondos al sur, una región que históricamente solo producía una quinta parte de la riqueza nacional. Con ese dinero comenzaron a reactivarse proyectos largamente olvidados: líneas ferroviarias de alta velocidad, nuevas autopistas, redes eléctricas y parques industriales capaces de atraer empresas que antes ni consideraban instalarse en Nápoles o Bari.
Pero el cambio no es solo material. En muchas ciudades donde la emigración era casi un rito de iniciación, ahora se habla de retorno. Ingenieros, diseñadores y profesionales que pasaron años en el norte están volviendo a sus provincias de origen. La diferencia es que hoy encuentran un entorno laboral más dinámico, apoyado en la digitalización, el trabajo remoto y pequeñas startups que florecen en sectores como la energía renovable o el turismo sostenible.

El turismo también se convirtió en una pieza clave de este nuevo escenario. Ciudades costeras y pueblos históricamente olvidados registran cifras récord de visitantes, atraídos por la autenticidad, la gastronomía y los paisajes del sur. Regiones como Puglia, Sicilia y Calabria viven un auge de hospedajes rurales y proyectos de recuperación patrimonial que generan empleo y revalorizan la identidad local. En muchos casos, los propios emigrados que regresan abren pequeños hoteles, restaurantes o talleres, transformando la nostalgia en motor económico.
El economista Gianfranco Viesti, que ha estudiado durante años la brecha norte-sur, resume el fenómeno con una frase: “Cuando el Estado invierte, el talento deja de huir”. Y eso parece cumplirse: el crecimiento del PIB en el sur superó recientemente al del resto del país, y la emigración interna se redujo por primera vez en casi una generación.
Sin embargo, el renacimiento del sur sigue siendo frágil. La desigualdad, el desempleo juvenil y la burocracia persisten como sombras de un pasado que todavía pesa. El ambicioso proyecto del puente sobre el estrecho de Messina, que busca unir Sicilia con el continente, simboliza esa dualidad: para unos es una obra de orgullo nacional y de empleo, para otros un despilfarro que distrae de prioridades más urgentes.

Expertos advierten que el verdadero desafío no pasa solo por construir carreteras o estaciones, sino por fortalecer la infraestructura social: guarderías, escuelas, hospitales y redes de cuidado que permitan a las familias quedarse y prosperar. Sin un tejido comunitario sólido, alertan, el impulso económico podría diluirse tan rápido como llegó.
Durante décadas, las estadísticas mostraron un abismo entre el norte y el sur: menor renta per cápita, menos empleo formal, servicios públicos más débiles. Ahora, con un crecimiento sostenido, flujos migratorios invertidos y proyectos de gran escala, el sur italiano empieza a escribir un nuevo capítulo. La brecha histórica que dividió al país durante más de un siglo aún no se cerró, pero por primera vez en mucho tiempo, parece estar acortándose.