Cada 10 de noviembre, Türkiye se une en un minuto de silencio para recordar a Mustafa Kemal Atatürk, el hombre que transformó un imperio en una república moderna. A las 9:05 de la mañana, la hora exacta en la que falleció en 1938, las sirenas suenan en todo el país: los autos se detienen, las personas bajan a las calles y el silencio se convierte en una muestra colectiva de respeto.
En Ankara, la ceremonia central tuvo lugar en Anıtkabir, el imponente mausoleo que guarda los restos del fundador. Allí, el presidente Recep Tayyip Erdoğan encabezó la ofrenda floral y firmó el “Libro de Honor” en nombre de la nación. En Estambul, miles de personas visitaron el Palacio de Dolmabahçe, donde Atatürk pasó sus últimas horas, para dejar flores y mensajes junto a su lecho.
Las banderas turcas ondearon a media asta en todos los edificios públicos, y las escuelas y universidades realizaron actos conmemorativos, lecturas y presentaciones sobre su legado. Las televisiones nacionales transmitieron documentales y discursos, mientras que las redes sociales se llenaron de mensajes con el lema “Sonsuza dek Atatürk” (“Atatürk por siempre”).
El lema “Sonsuza dek Atatürk”, que se traduce como “Atatürk por siempre”, no es solo una consigna de homenaje: representa la permanencia simbólica del líder en la identidad turca. Expresa la idea de que su proyecto republicano, basado en la independencia nacional, la educación y la modernización, continúa guiando la vida del país más allá de su tiempo físico. En las escuelas y en los actos públicos, la frase se pronuncia como una reafirmación de los valores fundacionales de Türkiye y de la unidad entre generaciones.

Atatürk, nacido en 1881 en Salónica (entonces parte del Imperio Otomano), lideró la Guerra de Independencia turca y en 1923 proclamó la República de Türkiye, convirtiéndose en su primer presidente. Desde el poder, impulsó profundas reformas políticas y sociales: abolió el califato, separó la religión del Estado, promovió la educación laica, otorgó derechos civiles a las mujeres y reemplazó el alfabeto árabe por el latino, marcando un giro cultural sin precedentes.
En 1934, el Parlamento le otorgó oficialmente el nombre de “Atatürk”, que significa “Padre de los turcos”. Cinco años más tarde, el 10 de noviembre de 1938, murió en Estambul a los 57 años. Sus restos fueron trasladados a Anıtkabir en 1953, que desde entonces se ha convertido en un punto de peregrinación cívica.

A 87 años de su fallecimiento, la conmemoración mantiene su fuerza como uno de los rituales más significativos del país: un homenaje que une generaciones, ideologías y regiones en torno a una figura que sigue siendo símbolo de identidad nacional y modernidad.