El ex duque de York, Andrés Mountbatten-Windsor, fue despojado de todos sus títulos y honores por decisión del rey Carlos III, pero todavía figura como octavo en la línea de sucesión al trono del Reino Unido. Una paradoja que revela los límites de la autoridad real y la rigidez del sistema constitucional británico.
A comienzos de noviembre, el monarca firmó una orden mediante la cual su hermano perdió el tratamiento de “Su Alteza Real” y el histórico título de “Príncipe”, así como su ducado y las condecoraciones militares que conservaba. La medida marcó el punto final a la carrera pública de Andrés, ya retirado de los actos oficiales desde 2019, cuando su nombre quedó envuelto en el escándalo vinculado al empresario Jeffrey Epstein.
Sin embargo, el retiro de títulos no implica su exclusión del orden sucesorio. En la monarquía constitucional británica, la línea de herencia no depende de los honores otorgados por el soberano, sino de leyes aprobadas por el Parlamento y de acuerdos internacionales entre los reinos que comparten al mismo monarca.
Para quitar a alguien de esa línea sería necesario aprobar una ley específica en Westminster y obtener además el consentimiento de los catorce países de la Commonwealth donde Carlos III también es jefe de Estado, según lo establece el Estatuto de Westminster de 1931. Se trata de un proceso tan complejo que no tiene precedentes en la historia moderna del Reino Unido.
El último cambio relevante ocurrió recién en 2013, cuando se sancionó la Succession to the Crown Act, que eliminó la preferencia masculina en la herencia y permitió los matrimonios con personas de cualquier religión cristiana. Esa reforma demoró más de un año en concretarse porque debió ser ratificada por todos los gobiernos de la Commonwealth.
Por eso, aunque el rey pueda retirar títulos, rangos y patronazgos -como ya hizo con Andrés-, no puede alterar por sí solo quién hereda la corona. Y aunque su permanencia sea puramente teórica, la ley sigue ubicándolo detrás de los hijos y nietos del monarca.
Expertos en la familia real coinciden en que sería necesario “todo un desastre institucional” para que Andrés se convirtiera en rey, pero su caso expone una verdad incómoda para la Casa de Windsor: ni el escándalo ni la voluntad del soberano bastan para reescribir la línea de sangre.
En la práctica, el ex príncipe vive alejado de la vida pública, sin funciones oficiales ni residencias reales. Pero en los documentos de Estado, su nombre aún figura en la lista de herederos al trono. Y eso -en la monarquía británica- es algo que solo el Parlamento podría cambiar.