Cada 14 de noviembre, la India dedica un día completo a sus niños en homenaje a Jawaharlal Nehru, el primer primer ministro del país tras la independencia en 1947 y uno de los grandes arquitectos de la India moderna. Nehru —formado en Cambridge, líder del Congreso Nacional Indio y heredero político de Gandhi— impulsó una visión de Estado basada en la educación pública, el desarrollo científico y la igualdad social. En la memoria colectiva es “Chacha Nehru”, el dirigente que defendía que “los niños son la verdadera riqueza de un país”.
Para India, este día no es solo un acto simbólico: funciona como un recordatorio del proyecto nacional que Nehru imaginó y de los enormes desafíos que enfrenta un país que hoy es la democracia más poblada del mundo, potencia tecnológica emergente y, al mismo tiempo, una sociedad marcada por fuertes desigualdades.

Las celebraciones en escuelas y centros comunitarios conviven con realidades muy distintas según la región. India tiene más de 430 millones de niños, muchos de ellos viviendo entre contrastes extremos: ciudades hipertecnologizadas frente a zonas rurales sin conectividad; polos científicos de clase mundial frente a escuelas con infraestructura limitada; y familias urbanas en ascenso socioeconómico junto a sectores donde persisten el matrimonio infantil, el trabajo infantil y la falta de acceso a servicios básicos.
En los últimos años, esta jornada adquirió un tono más político. El gobierno la utiliza para mostrar avances en educación y digitalización, mientras organizaciones sociales recuerdan que la recuperación educativa tras la pandemia sigue siendo desigual, que millones de estudiantes perdieron contacto con las aulas y que el acceso a tecnología todavía deja atrás a una parte importante de la población infantil.
Pero el impacto trasciende a la India. La fecha coincide con un momento en el que la ONU advierte retrocesos globales en los derechos de la infancia. Según estimaciones recientes, uno de cada cinco niños vive en pobreza extrema, más de 160 millones deben trabajar para sobrevivir y millones están fuera de la escuela por conflictos armados, desplazamientos, crisis climáticas o falta de recursos.

El organismo también alerta sobre una tendencia preocupante: en muchas regiones —incluidas América Latina, África y parte de Asia— la brecha educativa post-pandemia no se cerró. Los chicos que quedaron atrás corren un riesgo real de “perder una generación entera” de oportunidades laborales y sociales. Además, el impacto climático golpea sobre todo a menores de países pobres, donde olas de calor, inundaciones o contaminación del aire agravan cuadros de salud y reducen la calidad de vida.
En ese contexto, el Bal Diwas o Día del Niño indio se convierte en un símbolo más amplio: un recordatorio de que el futuro de cualquier país depende de su capacidad para proteger a la infancia, garantizar educación de calidad y reducir desigualdades. La figura de Nehru —que imaginaba una India guiada por el conocimiento y la justicia social— vuelve a cobrar sentido en un presente global que exige respuestas urgentes.

La pregunta, tanto en India como fuera de ella, es la misma: ¿qué tan preparados están los Estados para asegurar que todos los niños, sin distinción, tengan un presente digno y un futuro posible?