La escena parece salida de una película de terror, pero nació en plena Segunda Guerra Mundial. El 19 de febrero de 1945, en la remota isla de Ramree, en Birmania, un grupo de soldados japoneses que intentaba huir del avance aliado se adentró en un manglar infestado de barro, mosquitos y cocodrilos gigantes. Desde entonces, la historia asegura que muchos de ellos murieron devorados por los reptiles más grandes y letales del mundo. Pero ¿qué pasó realmente?
A comienzos de 1945, la campaña de Birmania entraba en uno de sus momentos decisivos. Las fuerzas británicas e indias avanzaban hacia el sur para recuperar territorios perdidos y reabrir la ruta estratégica hacia Rangún. En medio de ese tablero militar, la isla de Ramree, con sus posibles pistas aéreas y su posición frente a la costa occidental, se volvió un punto clave para sostener el impulso aliado.
El 17 de enero de 1945, los británicos lanzaron la Operación Matador, un desembarco anfibio que combinó apoyo aéreo, fuego naval y avance terrestre. La maniobra fue tan rápida y contundente que la guarnición japonesa del 121º Regimiento quedó aislada casi de inmediato. Sin provisiones, sin refuerzos y con el enemigo cerrando cada salida, cerca de mil soldados terminaron atrapados en un rincón cada vez más pequeño de la isla.
En ese escenario límite, tomaron la única decisión que parecía ofrecer una mínima posibilidad de escape: internarse en un pantano de manglar que se extendía por más de 20 kilómetros. Un laberinto de barro, raíces, insectos y agua estancada, considerado uno de los entornos más hostiles de Asia. Ese camino, elegido por desesperación, sería el punto de partida de la leyenda que aún hoy rodea a Ramree.

La travesía nocturna se convirtió en un tormento. Los soldados avanzaban hundidos en barro espeso, envueltos por un calor asfixiante, picaduras constantes y una oscuridad que hacía imposible distinguir el camino. A cada paso, el pantano parecía tragarlos un poco más. Y todo esto en un territorio dominado por el cocodrilo de agua salada, un depredador impredecible que puede superar los seis metros y atacar sin previo aviso.
En los puestos aliados, quienes vigilaban los accesos recordaron años más tarde haber escuchado gritos lejanos, chapoteos desesperados y, de repente, un silencio que helaba la sangre. Ese puñado de sonidos, mezclado con el miedo y la niebla del combate, alimentó con los años una versión estremecedora: la idea de que cientos de japoneses habían sido devorados en una sola noche dentro del manglar.
La historia era tan gráfica y perturbadora que terminó instalada como una supuesta “masacre”, incluso mencionada durante décadas como el mayor ataque animal registrado. Con el tiempo, el mito creció por su propio peso, impulsado por el impacto emocional de una escena casi imposible de olvidar.
La leyenda es poderosa, pero las pruebas no acompañan su magnitud. La investigación histórica moderna coincide en que:
Los japoneses sí murieron en gran número, pero principalmente por hambre, enfermedades, heridas y ahogamientos.
Los manglares eran extremadamente peligrosos y ataques aislados de cocodrilos son plausibles.
No existe registro confiable que confirme que cientos de soldados fueron devorados.
Testimonios posteriores mezclaron miedo, confusión y el ambiente hostil, amplificando la historia.

Ramree reúne tres ingredientes poderosos: una retirada al límite, un pantano indomable y el depredador más temido del sudeste asiático. Esa combinación transformó un episodio militar casi desconocido en una de las leyendas más perturbadoras de la guerra, donde la frontera entre los hechos y el horror se vuelve prácticamente indistinguible. Con el paso del tiempo, el relato creció entre testimonios fragmentados, rumores y silencios, hasta convertirse en un mito que todavía hoy divide a historiadores, fascina al público y alimenta la pregunta eterna: ¿qué ocurrió realmente en aquella noche?