La reciente BOG25 Bienal Internacional de Arte y Ciudad volvió a instalar en el debate público la pregunta sobre quién puede acceder al arte y bajo qué condiciones. Las obras dispuestas en parques, edificios y zonas de paso reafirmaron que la experiencia estética no exige erudición, sino la capacidad de reconocer una emoción ante lo que se observa. Ese desplazamiento desde el museo hacia el tejido urbano desmonta la frontera simbólica que sostiene la frase “yo no sé nada de arte”.
La Feria del Millón, con obras a precios accesibles, profundiza esta apertura. Su propuesta demuestra que adquirir una pieza no es un acto reservado para coleccionistas, sino una forma directa de participación cultural. El público descubre que puede llevar arte a su casa, integrar esas piezas a su identidad cotidiana y entender que el consumo cultural no depende de validaciones externas.
El impulso bogotano dialoga con una tendencia continental: la consolidación del arte urbano en ciudades como São Paulo, Valparaíso u Oaxaca. Murales y grafitis transforman muros y corredores viales en superficies de expresión social, donde se narran historias barriales, tensiones políticas y memorias invisibles para las instituciones culturales tradicionales. Esta apropiación del espacio público amplía la circulación del arte y rompe la idea de que solo pertenece a espacios regulados.
En muchos casos, estas intervenciones suponen también una negociación con las autoridades. Allí donde los gobiernos buscan ordenar el uso del espacio, las comunidades reclaman su derecho a intervenirlo. Esta disputa revela una dimensión política: el arte urbano no pide permiso, sino que interpela directamente a quien transita, estableciendo una relación espontánea entre obra y ciudadano.
#LegadoBienal, hicimos historia.
— Metro de Bogotá (@MetroBogota) November 10, 2025
Más de tres millones de personas fueron parte de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad #BOG25, un evento que transformó a Bogotá en un gran escenario de arte, memoria y orgullo ciudadano. 👏🏻✨
Desde ya nos preparamos para la #BOG27. pic.twitter.com/QJpruB2riA
La convergencia entre eventos institucionales y expresiones callejeras muestra que el arte se vuelve más relevante cuando se encuentra con la vida diaria. Tanto las ferias accesibles como los murales comunitarios permiten que públicos diversos descubran lenguajes contemporáneos sin mediaciones restrictivas. En este cruce, la emoción -más que el conocimiento técnico- emerge como un criterio legítimo para valorar una obra y darle sentido.
La Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25 convirtió a Bogotá en un gran escenario artístico. Conoce en esta nota la participación que tuvo nuestra comunidad ARQDIS en la Bienal 👉 https://t.co/6UaWRJIxu0 pic.twitter.com/IQm1t2R6ec
— ArqDisUA (@ArqDisUA) November 19, 2025
Esta democratización también redefine la relación entre cultura e identidad. Un mural puede convertirse en memoria colectiva, mientras una obra adquirida por primera vez puede funcionar como un gesto íntimo que vincula a una persona con su espacio. En ambos casos, el arte deja de ser un objeto distante para actuar como un componente activo de ciudadanía, conectando territorios, biografías y debates compartidos.