En Europa hay historias que parecen repetirse incluso cuando sus protagonistas viven a cientos de kilómetros de distancia. Eso es exactamente lo que ocurre con el rey Federico X y la reina Mary de Dinamarca y con el rey Felipe VI y la reina Letizia de España. Dos matrimonios que hoy encarnan la renovación de sus respectivas monarquías comparten una serie de coincidencias biográficas e institucionales que, vistas en conjunto, llaman poderosamente la atención.
La primera sincronía fue fundacional. Tanto Federico y Mary como Felipe y Letizia anunciaron su compromiso en 2003, un año que marcó para ambos países el inicio de una etapa distinta. Los herederos apostaban por mujeres ajenas a la aristocracia, profesionales formadas y con presencia pública sólida: Mary Donaldson, ejecutiva australiana de marketing, y Letizia Ortiz, periodista reconocida en la televisión española. Las dos, además, nacidas en 1972, con biografías paralelas que anticipaban el perfil moderno que llevarían a la realeza.

La llegada de los hijos reforzó aún más esta especie de espejo entre Madrid y Copenhague. En 2005, Christian de Dinamarca nació el 15 de octubre; Leonor de Borbón lo hizo el 31. Apenas 16 días separan los nacimientos de los futuros líderes de dos monarquías que, sin planearlo, avanzan casi al mismo ritmo. Dos años después, ocurrió exactamente lo mismo: Isabella nació el 21 de abril de 2007 y Sofía el 29. Otra coincidencia marcada por diferencias de días, como si ambas familias atravesaran etapas similares al mismo tiempo.
Ese paralelismo también se ve en la transición institucional. Federico y Felipe pasaron décadas como príncipes herederos, formándose para un rol que heredaron tras abdicaciones históricas: la de Margarita II en 2024 y la de Juan Carlos I en 2014. En ambos casos, la sucesión estuvo acompañada por la voluntad de dejar atrás los escándalos del pasado y consolidar una monarquía más ética, más profesionalizada y menos asociada a excesos o controversias. Los dos buscan proyectar una institución moderna, transparente y ajustada a los estándares actuales.

Esa búsqueda también se refleja en su estilo de reinado. Federico y Felipe prefieren perfiles sobrios, discursos menos solemnes y una relación más natural con la prensa, intentando “normalizar” la forma en que la corona se acerca a la ciudadanía. Las reinas acompañan esa tendencia de manera decisiva. Mary lo hace desde causas vinculadas a la igualdad, la infancia y la salud mental; Letizia desde la educación, la salud pública y la accesibilidad. Ninguna funciona como figura decorativa: ambas se convirtieron en socias estratégicas del trabajo institucional de sus maridos.
La transformación personal también fue un proceso compartido. Tanto Mary como Letizia atravesaron un intenso camino de adaptación al protocolo, formación diplomática y cambios de imagen. Hoy son consideradas figuras fuertes, elegantes y con impacto propio. Mary destaca por su estilo, su cercanía y su trabajo social; Letizia por su presencia institucional firme y su dedicación a temas sanitarios y educativos. Las dos consolidaron un rol público con identidad propia, lejos del estereotipo tradicional de la consorte silenciosa.

Incluso desde el punto de vista genealógico existe un puente inesperado: Federico y Felipe comparten vínculos familiares con la Casa Real Griega, demostrando cómo, detrás de estas historias paralelas, persiste el entramado dinástico que durante siglos unió a las coronas europeas.

Las coincidencias, una tras otra, van dibujando un paralelismo singular entre ambas parejas. Dos reyes preparados durante años, dos reinas nacidas el mismo año, hijos que comparten casi las mismas fechas de cumpleaños y un modo muy similar de encarar el futuro de sus instituciones. No es que sus vidas sean idénticas, pero avanzan con una sincronía que sorprende. Una sincronía que explica por qué, desde distintos lugares del mapa europeo, estas dos parejas se han convertido en el símbolo de una monarquía que intenta sobrevivir adaptándose a un tiempo que les exige transparencia, profesionalismo y una nueva cercanía.