12/01/2026 - Edición Nº1070

Internacionales

Debate cultural

El G20 en Johannesburgo: ¿una cumbre marcada por el sesgo woke?

24/11/2025 | El comunicado final reflejó marcos ideológicos propios de la agenda woke, generando tensiones por su falta de contexto y su carga moralizante.



La cultura woke, surgida como un llamado a estar alerta ante la injusticia, se transformó en un marco ideológico que hoy condiciona debates globales. Este enfoque suele moralizar fenómenos complejos, presentando categorías rígidas de víctimas y opresores. En este clima, los documentos multilaterales dejan de ser herramientas técnicas y pasan a funcionar como declaraciones simbólicas orientadas a sensibilidades contemporáneas, más enfocadas en transmitir postura moral que en ofrecer soluciones operativas.

La Cumbre de Líderes del G20 en Johannesburgo mostró ese desplazamiento con claridad. Bajo la presidencia sudafricana, el foro divulgó un comunicado final que combinó llamados a la paz “justa, integral y duradera” en varios conflictos con referencias a sostenibilidad y justicia global. Aunque el lenguaje parece consensual, su estructura reproduce patrones típicos de la agenda woke: énfasis emocional, declaraciones éticas amplias y ausencia de diagnósticos específicos sobre dinámicas históricas, militares o geopolíticas.

Sudáfrica


Sudáfrica es un país del extremo más meridional del continente africano que se caracteriza por sus numerosos ecosistemas distintos. En el interior, el Parque Nacional Kruger es un destino para el safari, poblado de caza mayor.

Sesgo woke en el comunicado del G20

Los críticos de la cultura woke señalan que este enfoque privilegia interpretaciones moralizantes por encima de análisis rigurosos. En Johannesburgo, el documento final se ajustó a esa tendencia: enfatizó principios abstractos sin abordar las causas profundas de conflictos complejos como el de Medio Oriente. Esta falta de contextualización fue objetada por distintos actores al considerar que se trataba de una narrativa simplificada que oscurece responsabilidades, intereses regionales y tensiones estructurales, limitando la capacidad de la diplomacia para construir soluciones reales.

El lenguaje empleado -correcto en apariencia, pero vago en contenido- respondió a una lógica más cercana a la validación simbólica que a la negociación política. Este tipo de relato despierta consenso superficial entre países, pero evita discusiones incómodas sobre poder, seguridad y correlación de fuerzas. Para analistas escépticos, la cumbre dejó en evidencia que el sesgo woke puede transformar compromisos multilaterales en declaraciones generalistas que tranquilizan, pero no inciden en la realidad.

Una disputa que va más allá del G20

La polémica emergida en Johannesburgo no se explica sólo por desacuerdos geopolíticos, sino por la disputa creciente entre dos modelos de diplomacia: uno centrado en la descripción precisa de los conflictos y otro guiado por marcos ideológicos que priorizan sensibilidad, identidad y corrección moral. El avance de este segundo modelo -propio de la cultura woke- genera tensiones porque reduce la complejidad global a argumentos fácilmente aceptables, pero insuficientes para decisiones estratégicas.

El caso del G20 evidencia que cuando un organismo adopta una narrativa ideologizada, el consenso se vuelve frágil y el debate se empobrece. La cumbre de Johannesburgo dejó una advertencia: si la diplomacia multilateral continúa guiándose por discursos que privilegian simbolismos sobre análisis, el sistema internacional corre el riesgo de volverse más declarativo que efectivo, más moralista que político y, en última instancia, menos capaz de enfrentar las crisis que dice querer resolver.