Los bombardeos aéreos marcaron un antes y un después en la historia militar reciente de Colombia. Durante las primeras décadas del siglo, estas operaciones tuvieron un impacto decisivo al desarticular la estructura jerárquica de las FARC y modificar la correlación de fuerzas en favor del Estado. En ese contexto, eliminar a figuras clave significaba golpear la capacidad de mando y abrir espacio para negociaciones que, años después, desembocaron en acuerdos de paz parciales y una relativa desmovilización. Sin embargo, la realidad actual del conflicto presenta un panorama mucho más disperso y resistente a ese tipo de golpes quirúrgicos.
Con la expansión de múltiples actores armados y el debilitamiento de los controles territoriales del Estado, el país enfrenta una guerra que se reconfigura de forma constante. La aparición de facciones autónomas, la diversificación de economías ilegales y la disputa simultánea en regiones alejadas han diluido la eficacia que alguna vez tuvieron los ataques aéreos. Aunque el Gobierno volvió a recurrir a ellos tras años de cuestionamientos éticos y operativos, los resultados obtenidos son cada vez más tácticos y menos capaces de transformar el curso general de la confrontación.
En los últimos años, la presión militar se ha intensificado mediante una combinación de bombardeos y operaciones terrestres dirigidas a frenar el crecimiento de grupos como las disidencias de las FARC, el ELN y el Clan del Golfo. Estos actores, lejos de debilitarse, han mostrado una notable capacidad de adaptación, ampliando su número de integrantes y consolidando su presencia en zonas estratégicas. Las cifras más recientes indican que miles de nuevos combatientes han ingresado a estas organizaciones, lo que demuestra que la ofensiva aérea no logra frenar la expansión territorial ni disminuir sus capacidades logísticas.
Los bombardeos reanudados por el Gobierno también han generado un intenso debate social y humanitario, especialmente por la persistencia del reclutamiento forzado de menores. Pese a las promesas iniciales de evitar ataques en campamentos donde pudiera haber niños, varias operaciones recientes han dejado víctimas menores de edad. La controversia se profundiza porque, aunque se presentan como golpes exitosos contra estructuras criminales, estos ataques no producen cambios duraderos: destruyen un campamento, pero la organización reaparece rápidamente en otro punto del territorio.
#POLÍTICA Durante la imposición de condecoraciones al personal de la Fuerza Pública que participó en la Operación Perseo, el presidente Gustavo Petro (@petrogustavo) ratificó en que no cesarán los bombardeos en el país.
— ÚltimaHoraCaracol (@UltimaHoraCR) November 26, 2025
Dijo que “si se detectan más capos armados, si es… pic.twitter.com/EayvXQEZ2M
El impacto humanitario refleja con crudeza el agotamiento de esta estrategia. El aumento de víctimas civiles, el uso extendido de artefactos explosivos y el desplazamiento forzado han creado un clima de vulnerabilidad permanente para las comunidades rurales. Estas dinámicas demuestran que el conflicto ya no se define por la eliminación de mandos visibles, sino por la disputa crónica por territorios donde el Estado carece de presencia estable. En estas zonas, la población queda atrapada entre la presión de los grupos armados y los efectos colaterales de las operaciones militares.
Colombia da golpe letal a las disidencias de las FARC y mata a 19 combatientes
— DW Español (@dw_espanol) November 12, 2025
El Ejército colombiano bombardeó objetivos en el Guaviare, donde también cayeron tres cabecillas del Estado Mayor Central, uno de los mayores grupos rebeldes del país.
La operación, ordenada por el… pic.twitter.com/PexJXXOPsG
En este escenario, los bombardeos representan una herramienta de alto impacto, pero de alcance estructural limitado. Su capacidad para desorganizar momentáneamente a ciertos grupos no se traduce en recuperación estatal ni en una disminución sostenida de la violencia. La guerra se ha vuelto más fragmentada, más territorializada y más vinculada a economías ilegales difíciles de erradicar. Mientras no exista una estrategia integral que combine seguridad, desarrollo y justicia, los ataques aéreos seguirán siendo apenas un recurso más dentro de un conflicto que ya no responde a la lógica del pasado.