El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Resolución 181, conocida como el Plan de Partición de Palestina. El documento proponía dividir el Mandato Británico, administrado por el Reino Unido desde el fin de la Primera Guerra Mundial, en dos Estados independientes, uno árabe y otro judío, y establecer un régimen internacional especial para Jerusalén, considerado imprescindible debido a su relevancia religiosa e histórica. Fue una de las primeras decisiones de gran peso de una ONU que apenas llevaba dos años funcionando y que votó el plan con 33 apoyos, 13 rechazos y 10 abstenciones.

La intervención de Naciones Unidas respondió a un escenario que llevaba décadas tensándose. Durante los años veinte y treinta, el territorio atravesó enfrentamientos políticos y sociales entre comunidades árabes y judías, mientras el Reino Unido intentaba administrar un espacio marcado por reclamos nacionales contrapuestos, migraciones y episodios de violencia. Tras la Segunda Guerra Mundial, debilitado y sin capacidad para sostener el control del Mandato, Londres trasladó el tema a la ONU. El organismo formó un comité especial que visitó la región, escuchó testimonios y elaboró un informe con distintas alternativas, entre ellas la partición, que terminó siendo la recomendada.
El plan diseñado buscaba equilibrar criterios políticos, demográficos y geográficos. La propuesta contemplaba la creación de un Estado judío y un Estado árabe con fronteras detalladas, continuidad territorial y acceso a puertos y recursos. Jerusalén y Belén quedarían bajo administración internacional, separadas de ambos Estados, con el fin de asegurar la protección de los lugares sagrados y el acceso abierto a las tres grandes religiones monoteístas. La resolución también establecía mecanismos económicos y administrativos para garantizar una transición ordenada a medida que el Reino Unido se retirara.

A pesar de su nivel de detalle, la implementación de la resolución encontró dificultades inmediatas. El anuncio de la votación coincidió con un aumento de los enfrentamientos entre grupos armados locales, mientras la administración británica, ya en retirada, se mantenía al margen del proceso. La partición, tal como la imaginó la ONU, nunca llegó a concretarse. En mayo de 1948, con la partida del Reino Unido, se proclamó el Estado de Israel y comenzó la primera guerra árabe-israelí, un conflicto que modificó las fronteras y produjo desplazamientos masivos que marcaron de manera permanente la historia de la región.
Aunque el contexto político, territorial y demográfico de Medio Oriente cambió profundamente desde 1947, la Resolución 181 continúa siendo un documento de referencia. No porque mantenga vigencia práctica, las fronteras actuales y la realidad sobre el terreno son muy distintas, sino porque representó el primer intento internacional de diseñar una solución territorial basada en principios jurídicos globales y no en decisiones coloniales. Su aprobación abrió un debate que aún sigue presente: cómo articular la coexistencia de dos pueblos con aspiraciones nacionales propias en un mismo espacio geográfico.
Más de siete décadas después, el documento se menciona en negociaciones, declaraciones internacionales y análisis académicos como uno de los puntos de partida indispensables para comprender el origen moderno del conflicto y las discusiones que todavía lo atraviesan.