La crisis sanitaria que atraviesa Cuba se agrava con la rápida propagación de enfermedades transmitidas por mosquitos, en un escenario donde el sistema de salud ya trabaja al límite. Miles de ciudadanos presentan síndromes febriles sin diagnóstico inmediato, reflejando la incapacidad de identificar con precisión la circulación simultánea de múltiples arbovirus. En distintas provincias, familias enteras acuden a centros de salud saturados mientras la disponibilidad de medicamentos esenciales se reduce a mínimos históricos.
En paralelo, la presión social crece ante la falta de certezas. La población se enfrenta a un contexto en el que la evidencia científica es insuficiente y las autoridades sanitarias lidian con limitaciones severas en recursos, infraestructura y personal. La precariedad del acceso a agua potable y la recolección irregular de residuos crean condiciones ideales para la proliferación del Aedes aegypti, lo que acelera los contagios y reduce la efectividad de las medidas preventivas.
Los reportes oficiales muestran un incremento sostenido de casos de dengue y chikungunya, con decenas de miles de personas bajo vigilancia médica por fiebre persistente. La falta de reactivos para pruebas diagnósticas complica la identificación temprana, dejando a numerosos pacientes sin confirmación virológica. Mientras tanto, la detección de nuevos criaderos del mosquito se multiplica, especialmente en provincias como Camagüey, Pinar del Río y Sancti Spíritus, donde la capacidad para fumigar y eliminar reservorios es limitada.
A esta complejidad se suma el debilitamiento de los programas de control vectorial, históricamente considerados un pilar del sistema de salud cubano. La disminución de brigadas especializadas, los cortes eléctricos y la escasez de combustibles dificultan la ejecución de estrategias básicas de saneamiento. Como consecuencia, los ciclos de reproducción del mosquito se acortan y la velocidad de transmisión aumenta, creando un entorno epidemiológico cada vez más difícil de contener.

La magnitud del brote revela un problema que trasciende la emergencia inmediata y apunta a fallas profundas en la capacidad estatal de sostener políticas de salud pública. La combinación de colapso hospitalario, falta de insumos y carencias en infraestructura deja expuesta la vulnerabilidad del país ante amenazas epidemiológicas que antes eran manejables. Si la situación persiste, existe el riesgo de que la crisis se convierta en un patrón recurrente, con impactos duraderos sobre la salud de la población.

Mirando hacia adelante, la recuperación dependerá de la capacidad del Estado para recomponer los programas de prevención, restablecer cadenas de suministros y garantizar información clínica fiable. Sin intervenciones decisivas, la coexistencia simultánea de dengue y chikungunya podría consolidarse como un fenómeno endémico, afectando tanto la estabilidad social como el desempeño económico. La experiencia cubana será observada de cerca por otros países del Caribe, que enfrentan desafíos similares ante el avance de los arbovirus.