Hay películas que no vienen a explicar nada, sino que surgen para sembrar interrogantes y acariciar. Sueño de Trenes es una de ellas. Su relato parece mínimo: un hombre, los años que pasan, un trabajo físico y pérdidas que no se enuncian pero que te desarman. Sin embargo, esa pequeñez narrativa —aparentada con el cine independiente— funciona como delicado mecanismo emocional: lo que importa no es lo que vemos, sino lo que comprendemos internamente, lo que nos mueve. Esa invitación a mirar hacia adentro convierte a la película en una experiencia íntima y reveladora.
A través de imágenes y una voz en off seguimos la vida de Robert Grainier (Joel Edgerton), un trabajador ferroviario del oeste norteamericano durante las primeras décadas del siglo XX. Él tiene una vida sencilla junto a su esposa Gladys (Felicity Jones), construyendo un hogar en medio de la naturaleza. Pero un acontecimiento trágico rompe el equilibrio, dejando al protagonista navegando la soledad, el duelo y la memoria, mientras el implacable y arrollador tiempo sigue su camino. Es la historia de un hombre común viviendo una existencia silenciosa… marcada por lo indecible. Una vida que, prejuiciosamente, no merecería ser “de película”, pero en donde en esta simpleza radica la magia.
Hay varios puntos a trazar entre la novela corta de Denis Johnson que aquí adapta Clint Bentley y la obra literaria Stoner, de John Williams. Ambas hablan de la dignidad del hombre, de una vida silenciosa, de la pérdida y del tiempo como protagonista que erosiona, no calendarizado. En ambos textos se percibe lo mismo que el desafío audiovisual de Sueño de Trenes: sacar brillo de lo inexplicable. Sugerir, conmover, acompañar.

La puesta visual y sonora es un poema. Cada encuadre respira aire, distancia, espacio, silencio; cada acorde y cada sonido del entorno activan un eco emocional. Lo diegético y lo extradiegético conviven como una melodía uniforme y profunda. No hay estridencias, no hay subrayados, solo una cadencia suave y envolvente. Con muy poco presupuesto, la película se ve increíblemente superior a grandes producciones contemporáneas: más auténtica, más humana, más inolvidable.
Que Netflix sea quien apueste y le dé visibilidad a una película así —íntima, delicada, contemplativa— es para destacar. Es casi un unicornio en medio de un catálogo dominado por el algoritmo del entretenimiento rápido. En medio de tanta oferta ruidosa que aparezca Sueño de Trenes es un milagro: un gesto curatorial no tan frecuente, valiente y precioso.

Edgerton ya había demostrado contención emocional en películas como Loving, Warrior, Midnight Special, Viene de noche y The Gift, pero acá despliega algo aún más depurado que lo coloca en una posición privilegiada: es una de las actuaciones del año.
El actor no interpreta un personaje: habita una vida. Él no necesita hablar para que entendamos ni necesita llorar para que nos duela. Un microgesto —una mirada, una sonrisa melancólica, un cierre de ojos— puede significar años enteros de silencio emocional.
Por otro lado, Felicity Jones, en el rol de Gladys, aporta calidez y ternura que luego —cuando falta— se convierte en una ausencia insoportable, tanto para el protagonista como para nosotros como espectadores. Su presencia es fundamental: es la raíz afectiva de Grainier, la brújula emocional que define todo lo que viene después.

Por un profundo e inesperado motivo, la película se rompe —casi imperceptible— en el inicio del tercer acto. No es un golpe bajo: es un puñal suave. De la observación pasamos al sufrimiento. No somos más testigos, sino que nos sumergimos junto al protagonista y sus emociones. Desde ese momento, te encontrás emocionalmente entregado a su devastadora y sutil experiencia.
Es corta, pero enorme. Dolorosa, pero esperanzadora. Simple, pero indescifrable.
Pero también es una película sobre el duelo, sobre esa búsqueda silenciosa de sentido cuando algo irrecuperable se pierde. Sueño de Trenes no muestra cómo “se supera”, sino cómo se convive con la ausencia. Cómo el tiempo no cura; acomoda. Cómo la memoria no cierra; acompaña.
La película de Bentley no dice “esto significa esto”. No cierra nada. No clausura emociones. Hace algo mucho más honesto: nos deja pensando, preguntando, sintiendo.
Sueño de Trenes es la típica película tapada del año que merece ser descubierta. Habla de la vida sin pontificar, del tiempo sin pretensión filosófica y de la soledad sin melodrama. Es bella… como la vida misma: frágil, silenciosa, misteriosa e incompleta.