La historia de Microsoft no comenzó con una gran oficina ni con un equipo de ingenieros, sino con una carta. En 1975, Bill Gates escribió a Paul Allen para discutir el proyecto que estaban desarrollando para el Altair 8800, la primera microcomputadora comercialmente exitosa. En ese intercambio, Gates utilizó por primera vez el término “Micro-Soft”, una combinación de “microcomputer” y “software” que capturaba la esencia de lo que ambos buscaban construir. Aquella mención, casi casual, terminaría convirtiéndose en la marca más influyente de la era digital.
El uso del nombre reflejaba la visión temprana de dos jóvenes que comprendieron antes que nadie que el software sería el corazón de la revolución informática. Ese primer registro del término “Micro-Soft” -con guion, tal como lo escribió Gates- ocurrió meses antes de la formalización legal de la compañía, y se convirtió en el punto de partida de una identidad corporativa destinada a transformar la relación del mundo con la tecnología. Era el síntoma de un proyecto que aún no tenía forma corporativa, pero sí una dirección clara.
La carta de 1975 representa el antecedente documental más antiguo del nombre que más tarde dominaría la industria. Aunque algunas efemérides atribuyen el hecho al 29 de noviembre, la evidencia histórica confirma que la primera aparición del término ocurrió el 29 de julio de 1975. Pese a esta confusión, lo crucial es que aquel intercambio epistolar consolidó la decisión de usar un nombre que expresaba la fusión entre microcomputación y desarrollo de software, una identidad que diferenció a la empresa desde el inicio.
El paso siguiente ocurrió en abril de 1975, cuando Gates y Allen formalizaron la creación de Microsoft. Un año más tarde, en noviembre de 1976, registraron oficialmente la marca ya sin guion: Microsoft. Esa transición no solo fue un cambio estético, sino la confirmación de un proyecto empresarial que evolucionaba desde la experimentación hacia una estructura profesional capaz de competir en un mercado emergente.
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La elección del nombre y la visión detrás de él marcaron el rumbo de una empresa que terminaría definiendo estándares globales. El desarrollo de sistemas operativos como MS-DOS y Windows nació directamente de aquella convicción inicial: el software debía ser accesible, escalable y diseñado para el creciente ecosistema de microcomputadoras. La claridad conceptual expresada en la carta de 1975 se convirtió en la base de una industria que cambió la vida cotidiana de miles de millones de personas.
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Hoy, la historia de esa carta permite observar cómo decisiones aparentemente menores pueden convertirse en hitos fundacionales. El uso temprano de “Micro-Soft” sintetiza el momento en que la tecnología dejó de ser un campo experimental para transformarse en una industria global. La efeméride simboliza el origen de una de las marcas más influyentes del mundo y recuerda que, en la historia de la innovación, a veces todo comienza con una simple palabra escrita en papel.