La ofensiva del Gobierno contra Claudio “Chiqui” Tapia abrió un frente inesperado: la incomodidad de Karina Milei, que desde fines del año pasado mantenía una relación fluida con el presidente de la AFA. El vínculo se había gestado a pedido de su hermano y había funcionado como un canal paralelo, más político que deportivo.
El conflicto escaló cuando Javier Milei respaldó públicamente a Juan Sebastián Verón, titular de Estudiantes, tras la sanción que la AFA le impuso por los gestos de los jugadores en Arroyito. Para el Presidente, el episodio fue una oportunidad para avanzar sobre Tapia, pero el movimiento generó ruido dentro de su propio círculo. Patricia Bullrich acompañó el ataque sin matices y redobló la presión con sus acusaciones de “mafia”, un clásico de su repertorio.
Karina, sin embargo, eligió mantenerse al margen. Su relación con Tapia no es protocolar: viajó a Paraguay en 2023 para participar del Congreso Extraordinario de la FIFA, donde Argentina fue confirmada como sede inaugural del Mundial 2030. La presencia de Karina no solo buscó sostener el vínculo con el dirigente, sino también enviar un mensaje interno: Mauricio Macri, que intentó desplazar al Chiqui durante su gestión, interpretó ese gesto como una provocación.
Desde entonces, Karina y Tapia sostuvieron una comunicación estable a través de chats directos, un puente que Milei nunca transitó. Aunque el Presidente no se sumó a las campañas del macrismo para remover al titular de la AFA, decidió confrontarlo desde las redes y alimentar la disputa con señales públicas. Para Karina, que tiene otra mirada del ejercicio del poder, esa estrategia es un error.
El choque interno se intensifica ahora que Bullrich adelantó que impulsará investigaciones contra la AFA desde el Senado. Mientras el Gobierno agita el conflicto para consolidar posiciones políticas, Karina busca preservar un canal de diálogo que considera útil y que la coloca en una postura distinta dentro del oficialismo.