Hay días en los que el cansancio social se vuelve imposible de disimular. No hablo del agotamiento físico que desaparece con dormir un poco más, sino de una fatiga más honda, más persistente, que se instaló en la vida cotidiana como una sombra que nos acompaña a todos. Uno ve a la Argentina avanzar con la misma secuencia apurada que repetimos sin darnos cuenta: despertarnos tarde, llegar justo, correr detrás de obligaciones que no elegimos, volver sin energía, cerrar los ojos, empezar de nuevo. La rutina ya no organiza el tiempo: lo captura. Y esa captura, silenciosa pero firme, nos deja frente a una pregunta que preferimos no formular: ¿qué parte de nuestra vida se está apagando mientras seguimos en automático?
No es un fenómeno individual. Es un clima de época. Un ritmo que se aceleró tanto que dejó de preguntarse si vale la pena. Vivimos bajo una presión permanente para rendir, adaptarnos, responder. Respondemos mensajes a cualquier hora, saltamos de una tarea a otra sin terminar ninguna, acumulamos tensiones como quien acumula recibos en un cajón que nunca se abre. Lo extraordinario es que empezamos a considerar “normal” aquello que no lo es: la sobreexigencia, la ansiedad, la sensación de llegar siempre tarde a nosotros mismos.
En este escenario reaparece -a veces tímidamente, a veces con urgencia- la necesidad de un territorio espiritual. No hablo de una vuelta ingenua a las religiones ni de un dogma obligatorio, sino de un espacio de profundidad que la vida pública dejó en pausa. La espiritualidad, entendida en su dimensión más amplia, no es un lujo ni una excentricidad: es un recurso social y humano que permite frenar la maquinaria interior y revisar desde dónde estamos viviendo.
Lo veo en la calle, en conversaciones con funcionarios, líderes religiosos, jóvenes, vecinos: cada vez más personas buscan rituales mínimos que permitan volver a respirar. Un silencio. Un paseo sin auriculares. Una oración breve. Un encuentro comunitario que no esté mediado por pantallas. En un país donde lo urgente suele devorarlo todo, esos espacios -pequeños pero decisivos- funcionan como amarras para no perder el rumbo.
Francisco solía recordarlo con crudeza: cuando la vida se vuelve pura repetición, dejamos de vivir. Y sobrevivir cansa. Las tradiciones espirituales lo entendieron desde siempre: toda persona necesita un lugar donde regresar a sí misma. No porque resuelva los problemas, sino porque les devuelve perspectiva.
La rutina, por supuesto, tiene su valor: brinda estructura, orden, previsibilidad. Pero cuando deja de ser una guía y se convierte en un molde que nos impide respirar, empieza a erosionar lo más esencial. Justamente ahí aparece la potencia pública de la espiritualidad: en su capacidad de reconstruir comunidad, de recordarnos que ningún proyecto -personal o colectivo- puede sostenerse sobre sujetos agotados.
En nuestras comunidades religiosas podemos verlo a diario: gente que entra sin hacer ruido, que busca algo que no siempre sabe nombrar, que necesita un respiro antes de volver al vértigo habitual. Y veo también cómo esos espacios, lejos de competir con la modernidad, la complementan. Ofrecen una pausa que la ciudad ya no ofrece, una hondura que el algoritmo nunca dará.
Una sociedad cansada es una sociedad vulnerable. Puede cerrarse, endurecerse, desconfiar. Pero también puede reconocer su fragilidad y convertirla en un punto de inflexión. Ahí está, creo, el desafío de este tiempo: reconstruir espacios de alma que no sean refugio sino cimiento; prácticas que no nos escapen de la realidad sino que nos devuelvan en mejores condiciones para habitarla.
Tal vez la salida no sea romper con la rutina, sino domesticarla. Recordar que existe un tiempo más hondo que el que marcan las pantallas, un pulso interior que no depende del tránsito ni del reloj, una voz que sigue hablando incluso cuando la ciudad grita. Esa voz -íntima, silenciosa, persistente- sigue ahí. Y en un país tan exhausto como el nuestro, escucharla no es un gesto religioso: es un acto de salud pública.