18/01/2026 - Edición Nº1076

Opinión


15 mil personas

La misa Rebord

04/12/2025 | El acontecimiento: un templo lleno



Tomás Rebord llenó el Movistar Arena. Quince mil personas reunidas para escuchar una prédica y ver un show del que se sabía poco, pero que terminó superando cualquier expectativa razonable. El multiverso de Batbord tomó forma con una estética cuidadosamente nolaniana, donde lo épico convivió con lo paródico sin dejar afuera a nadie del viaje. Hubo actuaciones destacadas -el sorprendente monólogo inicial de Manu Jove como Dos Caras, el mejor Joker que vi de la mano de Guille Aquino, o Juan Ruffo como el comisionado Gordon- que marcaron el pulso narrativo de la noche.

También aparecieron las sorpresas. Dillom encarnando al Acertijo, Juan Ruocco convertido en un tío Wayne de dudosa canonicidad y un Pedro Rosemblat que irrumpió con su cameo para invitar al cierre de Gelatina el 19 de diciembre en el Diego Armando Maradona.

Pero más allá del despliegue de infotainment más ambicioso que haya producido el ecosistema digital hasta hoy, lo que verdaderamente capturó la atención fue el comienzo. Antes de cualquier efecto especial, antes de Batman y del multiverso, quince mil personas se dispusieron a escuchar la “Edibordial” como si se tratara de un rito antiguo. La escena remitía menos a un show y más a un pastor reuniéndose con sus fieles. Y ahí apareció algo que hoy escasea en la Argentina, el optimismo.

El sentido: sacerdocio universal y nuevas formas de la política

Si algo produjo la Reforma -más allá de sus problemas evidentes- fue la descentralización del mensaje. La idea del sacerdocio universal, según la cual cualquiera puede predicar la palabra sagrada, demostró que la potencia de una doctrina no se mide por su sofisticación teológica sino por la cantidad de voces que la multiplican. Mientras ser jesuita demanda lo equivalente en tiempo y disciplina a un posdoctorado en filosofía, dedicado a la búsqueda de la verdad, la lógica evangélica opera con otra métrica. La repetición como forma de revelación.

Con la introducción de la imprenta de Gutenberg, la palabra dejó de depender del monopolio clerical y adquirió una nueva escalabilidad, es decir, velocidad, repetición, capilaridad. La Reforma rompió una hegemonía de 1500 años porque aplicó una verdad brutal. La verdad depende de la cantidad de fieles. No existe sin comunidad que la sostenga.

Lo que ocurrió en el Movistar Arena no se trató solo de un líder carismático ocupando un púlpito, sino de miles de predicadores potenciales recibiendo un mensaje destinado a derramarse por la calle, por TikTok, por los grupos de WhatsApp, por X, por la sobremesa y por todas esas conversaciones subterráneas donde hoy circula la política real. Una liturgia laica donde la palabra no se declama, circula; no se enseña, se contagia; no se impone, se multiplica.

Y en ese punto es imposible no pensar en otro Movistar Arena. El de Javier Milei, el 6 de octubre, cuando presentóLa construcción del milagro” en plena campaña electoral. También allí hubo liturgia, teatralidad y la promesa de una revelación inminente. El escenario puede ser el mismo, pero el punto de contacto más profundo está en una serie de preguntas: ¿Esta es la nueva forma de la política? ¿Qué es info y que es tainment? ¿O acaso ya no existe esa frontera?

El retorno, las palabras

La diferencia -y es una diferencia significativa- está en el modo en que se construye comunidad. Lo de Milei fue una transmisión en una sola dirección. Un líder iluminado hablándole a una masa. Lo de Rebord funcionó como un espejo invertido. Una masa recordándole a un líder para qué existe la palabra. Un fenómeno colectivo donde el mensaje no baja, sube y baja al mismo tiempo.

Y en ese proceso, lo más importante, el regreso de palabras que nos habían hecho olvidar o que se habían vuelto impronunciables por pudor, por corrección o por cinismo: sacrificio, eternidad, trascendencia, entregarse. Palabras que funcionan como llaves antiguas. Cuando reaparecen, abren habitaciones que creíamos clausuradas. Permiten volver a ver donde no se veía.

Porque cuando esas palabras vuelven, no vuelven solas. Traen de regreso algo más profundo. La idea de que la vida -y la política- pueden tener un sentido que exceda la mera supervivencia. El sacrificio vuelve a poner sobre la mesa la noción de esfuerzo y continuidad; la eternidad reintroduce la pregunta por el legado; la trascendencia recuerda que no todo se agota en el día a día; y entregarse habilita la posibilidad de confiar en algo más grande. Son palabras que reabren la imaginación colectiva, que permiten volver a pensar en proyectos que duren más que un ciclo electoral y en destinos compartidos que no entran en un tuit ni en un meme. Recuperarlas es recuperar la capacidad de creer en algo que todavía no existe, pero que podría existir.

Un pueblo que camina es un pueblo que cree. Y un pueblo que cree es capaz de atravesar cualquier desierto. La gran pregunta -la que queda flotando en el aire, la que ordena todas las demás- no es solo qué pasó el lunes, sino qué empieza a pasar a partir de ahora. Qué busca esa multitud, qué encuentra en este tipo de rituales y, sobre todo, hacia dónde la puede llevar la próxima misa de Tomás Rebord.