Las familias colombianas afectadas por la desaparición forzada han encontrado en la cocina un territorio donde la ausencia adquiere otra forma. Al preparar sancochos, frijoles o envueltos, los deudos no solo evocan las preferencias de quienes no volvieron, sino que recuperan gestos, rutinas y memorias que habían quedado suspendidas. La iniciativa, que compila recetas desde 1948 hasta 2021, reúne episodios de violencias diversas y revela que la comida puede convertirse en un puente entre tiempos fracturados.
La propuesta surgió como versión local del Recetario para la memoria, impulsado inicialmente en México. Su llegada a Colombia permitió articular relatos dispersos y transformarlos en un archivo de afectos que da cuerpo a las historias personales. Cada plato exhibido, desde un bocachico frito con ñame hasta unas migas preparadas para honrar hermanos ausentes, muestra cómo lo cotidiano puede sostener aquello que la violencia buscó borrar.
El proyecto articula memoria íntima y memoria pública mediante la recuperación de recetas que funcionan como testimonio. Las familias narran la vida de sus seres queridos a través de gustos y costumbres, dando textura emocional a décadas de conflicto. El libro, así como las exposiciones asociadas, integran imágenes, relatos y preparaciones culinarias que restituyen identidad a quienes quedaron atrapados en estadísticas o expedientes incompletos. Esta combinación expone cómo un plato puede cargar la historia que la burocracia nunca contó.
Las cocinadas colectivas y las instalaciones en espacios comunitarios, como la Fundación Casa B, consolidan esa dimensión pública. Allí, el sancocho de un joven desaparecido o el envuelto favorito de un padre se presentan como gesto de resistencia contra el olvido, ampliando la conversación sobre duelo y reconocimiento. Estas prácticas devuelven humanidad a sujetos que fueron silenciados y permiten que las comunidades compartan una memoria afectiva que se rehace con cada preparación.

En un país donde la desaparición forzada ha atravesado generaciones, la cocina se vuelve un instrumento de reparación simbólica. Estos actos no sustituyen procesos judiciales, pero ofrecen un modo de recomponer vínculos familiares y sociales quebrados por la violencia. Al recordar a un ausente mediante su plato preferido, las familias reafirman que su historia continúa, pese a la incertidumbre que dejó su desaparición. Este ejercicio fortalece la expresión comunitaria frente a discursos que minimizan el impacto de la violencia.

En ese sentido, el recetario adquiere relevancia más allá del ámbito doméstico. Su circulación contribuye a ampliar la narrativa pública sobre las víctimas y a exigir que la memoria no quede confinada al registro académico o institucional. La cocina, elevada aquí a lenguaje testimonial, dialoga con las políticas de verdad y reconocimiento, evidenciando que la reconstrucción del tejido social también puede empezar por un plato compartido.