La presencia de gatos en Estambul no es un fenómeno reciente ni una postal turística. Se trata de una relación que comenzó siglos atrás, cuando el Imperio otomano reconoció su valor como protectores naturales de granos, bibliotecas, mezquitas y depósitos de alimentos. En una época en la que las plagas podían arruinar cosechas completas o dañar manuscritos religiosos, los felinos se convirtieron en aliados cotidianos y respetados.
Los documentos del período muestran que existían cuidadores encargados de alimentarlos y garantizar su bienestar. Algunas fundaciones caritativas incluso destinaban fondos específicos para ellos, lo que demuestra que su presencia era parte del funcionamiento social y espiritual de la capital.

Hoy se estima que la ciudad alberga alrededor de doscientas cincuenta mil criaturas felinas que conviven con más de quince millones de habitantes. Lo singular es que no son vistos como animales abandonados ni como mascotas tradicionales. Son considerados “gatos de la ciudad”, una categoría intermedia que refleja el modo en que viven: libres, cuidados y socialmente aceptados.
En los barrios abundan las casetas de madera, las cajas improvisadas y los recipientes de agua y comida colocados por vecinos. Universitarios, comerciantes y ancianos participan por igual en su cuidado. También existen puntos de alimentación fijos instalados por la municipalidad para garantizar recursos básicos durante todo el año.

El respeto hacia los gatos tiene raíces profundas en la tradición islámica. Numerosos relatos vinculan al profeta Mahoma con un felino llamado Muezza, al que trataba con afecto y consideración. Este trasfondo cultural contribuyó a que en la vida cotidiana de Estambul maltratar a un gato sea percibido como un acto moralmente grave.
Esa valoración espiritual se combinó con la estética urbana: los felinos se integraron al ritmo de la ciudad, desplazándose entre bazares, cafés, mezquitas y mercados con la misma naturalidad con la que lo hacen los habitantes humanos.

La fama internacional también contribuyó a fortalecer este vínculo. Uno de los casos más conocidos es Tombili, la gata que se convirtió en un símbolo después de que una foto suya, recostada de manera relajada en una vereda, se volviera viral. Tras su muerte, los vecinos impulsaron una estatua que hoy recibe a turistas y admiradores.
Otra figura emblemática fue Gli, la gata negra que vivió durante años en Santa Sofía y fue retratada por millones de visitantes, incluidos líderes internacionales. Su presencia generó un afecto especial que trascendió fronteras.

La relación entre Estambul y sus felinos alcanzó una visibilidad global con el documental Kedi, que retrató la vida de varios gatos y su impacto emocional en las personas que conviven con ellos. La película mostró a los felinos como una especie de puente entre la ciudad histórica y la vida contemporánea, y reforzó la imagen de Estambul como un lugar donde los animales son parte de la identidad colectiva.
Fotógrafos internacionales como Marcel Heijnen también han consolidado esta representación, capturando escenas que combinan arquitectura tradicional con la presencia constante de los gatos.
Para los habitantes de la metrópoli, los gatos no son un accesorio ni una curiosidad turística. Son parte de la vida diaria, observadores silenciosos que transitan con libertad por una ciudad que los acepta y protege. La relación continúa evolucionando, pero conserva una esencia que se mantiene intacta desde hace siglos: los felinos pertenecen a todos y a nadie al mismo tiempo, y su presencia refleja una manera particular de habitar el espacio urbano.
