La historia vuelve cada tanto: relatos que afirman que Idi Amin, gobernante de Uganda durante los años setenta, envió a la reina Isabel II una serie de mensajes cargados de admiración y propuestas difíciles de encajar en la diplomacia tradicional. Según esas versiones, el mandatario elogió a la monarca y sugirió que podrían unir a sus países a través de un vínculo personal. Aunque nada de esto está oficialmente autenticado por el Reino Unido, el eco del episodio persiste porque encaja en el estilo del líder africano, famoso por mezclar política con espectáculo.
Para entender por qué esta anécdota aún genera debate, hay que regresar al contexto de la época. Amin había tomado el poder tras un golpe militar y buscaba consolidar su figura tanto dentro como fuera del país. Su estrategia consistía en generar impacto mediante declaraciones extravagantes, títulos ampulosos y decisiones abruptas en política exterior. Su personalidad impredecible lo convirtió en una figura seguida de cerca por la prensa mundial, que encontraba en cada aparición suya material para titulares garantizados.
En ese clima, cualquier mensaje dirigido a la Corona británica adquiría un peso especial. Entre 1971 y 1977 la relación entre Uganda y el Reino Unido osciló entre el acercamiento diplomático y el choque frontal. Amin alternaba gestos de admiración hacia los símbolos del viejo imperio con acusaciones, expulsiones y rupturas que alteraban las relaciones bilaterales. Esta combinación de provocación y teatralidad hizo que historias como la de las supuestas cartas circularan con rapidez y fueran tomadas como plausibles incluso sin pruebas concluyentes.
Lo que sí está documentado es que Amin enviaba mensajes oficiales de tono inusual para líderes de su tiempo. Le gustaba presentarse como un personaje más grande que la vida y utilizaba exageraciones como táctica para colocar a Uganda en el centro del debate internacional. Ese comportamiento explica por qué la anécdota de una propuesta a la reina Isabel II sobrevivió tantas décadas: era lo suficientemente extravagante para ser creída y lo bastante coherente con su estilo como para convertirse en parte de su leyenda.
Con el paso del tiempo, la historia dejó de discutirse como un hecho comprobable y comenzó a interpretarse como un reflejo del modo en que el poder puede deformar los límites entre diplomacia, propaganda y espectáculo. En esa zona difusa, donde conviven rumores y acontecimientos verificables, algunos episodios adquieren vida propia y se transforman en pequeñas piezas del imaginario político del siglo XX.

Lo que perdura no es la certeza de aquellas cartas, sino la forma en que un gesto supuestamente personal entre un dictador y una reina se convirtió en un símbolo de cómo la política internacional también puede estar atravesada por actos insólitos y declaraciones diseñadas para conquistar titulares tanto como territorios.