Con el estreno de Avatar: Fuego y Cenizas, la historia de Pandora se retoma apenas unos días después de los trágicos eventos de la segunda entrega. Mientras Jake Sully y Neytiri intentan procesar el duelo por la pérdida de su hijo, la trama se expande hacia nuevos horizontes y peligros, con la tribu nómade conocida como el Pueblo de Cenizas. Detrás de las cámaras, James Cameron ha confesado que mantener la cohesión de esta historia supuso un reto importante, debido a un personaje en particular: Spider.
El joven humano, hijo biológico del antagonista Quaritch y criado por los Sully, representó el mayor obstáculo logístico para el cineasta. Al ser el único personaje principal con apariencia humana, su integración con los Na'vi (quienes le doblan en tamaño) complicó enormemente el proceso de captura de movimiento y postproducción. Cameron admitió en una entrevista para EW que anticipaba estas dificultades: "Sabía que iba a ser un problema a gran escala y que sería horrible, y así fue. Intenté deshacerme de él, pero no funcionó".
La intención de eliminar a Spider del guion no era solo por comodidad técnica, sino por la complejidad que añadía al rodaje. No obstante, el director se dio cuenta rápidamente de que, sin el joven, la estructura emocional de la saga perdía su profundidad. Según relata el propio Cameron, al intentar sacar al personaje de la ecuación, "todo se vino abajo porque Jake y Quaritch eran solo dos tipos intentando matarse. Es demasiado simple". Spider se convirtió así en el ancla que humaniza y complica el conflicto central.
En esta tercera película, la conexión entre el protagonista y el villano se vuelve más turbia gracias a este vínculo compartido. Mientras Quaritch lucha por definir su identidad tras ser reencarnado en un cuerpo Na'vi, el rol de padre se vuelve fundamental en su evolución. El director explica que "en su propia búsqueda de identidad, se vuelve importante para él intentar ser ese padre", lo que genera una tensión fascinante, ya que Spider rechaza esa herencia y Jake debe protegerlo, forzando a los enemigos a entrar en lo que Cameron define como una "extraña alianza".