La Unión Cívica Radical empezó a mover piezas. La finalización del mandato de Martín Lousteau abrió la puerta a un cambio que va mucho más allá de un nombre: el partido eligió un perfil nuevo, joven y con anclaje territorial para intentar salir del laberinto. El elegido es Leonel Chiarella, intendente de Venado Tuerto, 37 años recién cumplidos y una consigna clara bajo el brazo: menos rosca, más gestión.
No es una transición prolija ni pacífica. La nueva conducción llega con la tarea de ordenar una interna desgastada, con referentes históricos enfrentados y una identidad partidaria en discusión. Pero el mensaje que baja el flamante presidente es concreto: la política encerrada en sí misma ya no conecta con nadie.
En el entorno de Chiarella lo repiten sin rodeos. Reconocen la interna, pero advierten que no se resuelve con más discusiones puertas adentro. “Hay que volver al sentido común”, sintetizan. La idea es simple y, a la vez, ambiciosa: que la UCR vuelva a hablarle a la gente común y no solo a sus propios dirigentes.
El diagnóstico es compartido por buena parte del radicalismo: mientras La Libertad Avanza crece con un discurso directo y antiestablishment, las peleas internas del partido no solo no suman, sino que espantan votantes, especialmente en el interior. Allí, admiten, el electorado radical se superpone cada vez más con el libertario.
En esa redefinición, la UCR busca un equilibrio incómodo: acompañar parte de la agenda del Gobierno cuando coincida con sus banderas históricas, pero marcar diferencias cuando lo considere necesario. “Seguridad y superávit también son parte de nuestra agenda”, remarcan, en un intento por correrse de la caricatura opositora sin diluir la identidad.
El cambio de conducción no puede leerse sin el contexto de fondo. El radicalismo atraviesa una de las crisis políticas más visibles de los últimos años, con representación legislativa reducida y una seguidilla de derrotas electorales que dejaron heridas abiertas.
La salida de Lousteau, cuestionado por amplios sectores internos, dejó al descubierto esas tensiones. “Venimos de dos años desastrosos”, dispara un dirigente del interior. Las críticas apuntan a la desconexión entre el comité nacional y los bloques legislativos, pero sobre todo a una conducción que, dicen, no escuchó a los distritos que gobiernan y reeligen.
La propia renovación de autoridades expuso esa fragilidad. El gobernador correntino Gustavo Valdés aparecía como el dirigente con mayor consenso, pero se bajó rápidamente de la carrera. El resultado fue una elección atípica para la UCR: un intendente joven, del interior, sin recorrido nacional, pero con gestión para mostrar.
Si hay un punto de acuerdo en la nueva etapa es el rol central que deberán tener los gobernadores. No solo como sostenes territoriales del partido, sino también como posibles figuras electorales a futuro. “No hay mejores candidatos que los mandatarios provinciales”, admiten, aunque miran a un horizonte de mediano plazo.
Ese protagonismo también se reflejará en el Congreso, donde la UCR seguirá sin una línea única. La fragmentación en interbloques -y hasta monobloques- es el reflejo de un partido que todavía busca ordenarse.
En paralelo, los gobernadores radicales apuestan a sostener un buen vínculo con Javier Milei. Algunos con acuerdos electorales explícitos, otros desde una postura más distante y crítica. Pero el mensaje interno es pragmático: diálogo sí, subordinación no. “No pretendemos entregar el partido”, aclaran.
La llegada de Chiarella condensa esa apuesta. Joven, intendente de una de las principales ciudades de Santa Fe y con vínculo directo con Maximiliano Pullaro, su figura encarna la idea de una UCR que intenta reinventarse desde la gestión y el territorio. El desafío es mayúsculo: demostrar que el giro no es solo discursivo y que el radicalismo todavía tiene algo para decir en un escenario político cada vez más hostil.