El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva aprovechó la cumbre del Mercosur para insistir en una idea recurrente de su discurso regional: el mundo estaría ávido de firmar acuerdos con el bloque sudamericano. La afirmación, en tono optimista, buscó reforzar la vigencia del Mercosur como actor colectivo en un escenario global fragmentado. Sin embargo, el entusiasmo contrasta con una realidad más compleja sobre el desempeño efectivo del bloque.
Es cierto que el Mercosur conserva peso simbólico y potencial económico. Su mercado ampliado, la escala productiva y la complementariedad entre socios resultan atractivos para terceros. No obstante, ese interés externo no se ha traducido con la misma velocidad en acuerdos concretos ni en mayores flujos de comercio. La distancia entre expectativa y resultados sigue siendo un punto débil.
El discurso de Lula pone el acento en la negociación conjunta como fuente de poder. Pero esa lógica también implica consensos lentos, vetos cruzados y una burocracia que suele dilatar decisiones estratégicas. En un contexto internacional cada vez más dinámico, la rigidez del Mercosur puede convertirse en un obstáculo más que en una ventaja competitiva.
La demora en la firma y ratificación del acuerdo con la Unión Europea es un ejemplo ilustrativo. Aunque Lula lo presenta como prueba del atractivo del bloque, el proceso lleva más de dos décadas y aún enfrenta resistencias políticas. La demanda global existe, pero el Mercosur no siempre logra capitalizarla.
Lula, head of the Brazilian regime, said that an armed intervention in Venezuela would be a “humanitarian disaster.”
— Leandro Ruschel 🇧🇷🇺🇸🇮🇹🇩🇪 (@leandroruschel) December 20, 2025
But the real humanitarian disaster is Venezuela itself — and it was created by the political system Lula helped build and protect for decades.
That system is… pic.twitter.com/qjZgZuJ2Yc
El planteo del mandatario brasileño también omite un debate central: cómo compatibilizar la negociación colectiva con la necesidad de flexibilidad nacional. Para economías con urgencias distintas, un esquema rígido puede limitar oportunidades concretas de inserción internacional.
Así, el mensaje de Lula refuerza una visión integracionista tradicional que prioriza cohesión y protección. Sin embargo, el desafío del Mercosur no pasa solo por atraer interés externo, sino por demostrar capacidad de adaptación, ejecución y resultados. Sin reformas internas, el optimismo corre el riesgo de quedar más cerca del discurso que de la realidad.
#GEOPOLÍTICA || El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, advirtió este sábado #20Dic en la Cumbre del #Mercosur que una posible intervención militar en Venezuela sería una catástrofe humanitaria y crearía un grave precedente para toda Sudamérica. pic.twitter.com/8gLp3AoBDF
— VALE TV, Red Canal 5 (@ValeTVCanal5) December 20, 2025
En ese contexto, el posicionamiento de Lula frente a Venezuela termina de delinear los límites de su planteo. Al advertir que una eventual intervención armada sería un “desastre humanitario”, el mandatario brasileño omite que la emergencia humanitaria ya es una realidad consolidada, resultado de un sistema político que Brasil acompañó y protegió durante años. El colapso venezolano no surgió de presiones externas, sino de un modelo autoritario sostenido por aliados regionales en nombre de una estabilidad que nunca llegó. Esa ambigüedad debilita el discurso integracionista y deja al Mercosur ante un dilema persistente: si puede seguir hablando de valores compartidos mientras evita asumir responsabilidades políticas sobre las crisis que se gestan dentro de su propio entorno.