El senador peronista y ex jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, protagonizó una de las exposiciones más duras contra el Gobierno durante el debate del Presupuesto 2026 en el Senado.
En su intervención, calificó al proyecto oficial como “inconsistente, incongruente, ilegal e inadmisible” y puso el foco en las proyecciones macroeconómicas que sustentan la iniciativa, especialmente las estimaciones de inflación y crecimiento.
Sin embargo, el discurso del ex gobernador chaqueño omitió una referencia clave: los antecedentes de los presupuestos elaborados durante los gobiernos kirchneristas -varios de ellos bajo su propia responsabilidad política-, que exhibieron desvíos aún más pronunciados entre las variables proyectadas y los resultados efectivos de la economía.
Capitanich cuestionó con dureza la meta de inflación del 10% prevista para 2026, al sostener que ese número es desmentido por el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) y por la dinámica inflacionaria reciente.
Según el senador, el cierre de 2025 mostró una inflación mensual cercana al 2,5%, lo que hace “imposible” -según sus palabras- alcanzar una tasa anual de un dígito.
En ese marco, sostuvo que la inflación del próximo año tendrá un piso del 20%, muy por encima de lo estimado por el Ejecutivo. También rechazó la proyección de crecimiento del PBI del 5%, al considerar que el nivel de actividad estará más cerca del 3,5% de acuerdo a estimaciones privadas.
Más allá de las críticas al oficialismo, el discurso de Capitanich reavivó el debate sobre la credibilidad de las proyecciones macroeconómicas en la Argentina.
En particular, recordó implícitamente una discusión que el propio kirchnerismo enfrenta desde hace años: los reiterados errores de cálculo en los presupuestos nacionales.
Uno de los casos más emblemáticos fue el Presupuesto 2015, presentado por el propio Capitanich como jefe de Gabinete junto a Axel Kicillof, entonces ministro de Economía. En ese proyecto, la inflación fue estimada en 15,6%, pero el índice real superó el 25%, según la mayoría de las consultoras privadas, en un contexto de fuerte cuestionamiento a la credibilidad del INDEC.
En la misma presentación presupuestaria se reconoció una fuerte corrección sobre la marcha: la actividad económica de 2014, inicialmente proyectada con un crecimiento del 6,2%, fue revisada a 0,5%. Sin embargo, incluso esa corrección quedó lejos de la realidad, ya que el consenso de analistas privados ubicó a ese año en una recesión cercana al 2%.
Este tipo de desfasajes no fue un hecho aislado, sino una constante a lo largo de varios ejercicios fiscales bajo administraciones kirchneristas.
Los antecedentes en materia inflacionaria son particularmente contundentes. El Presupuesto 2014 estimó una inflación del 10%, que terminó rozando el 40%. El Presupuesto 2022 proyectó un 33%, pero el año cerró con una inflación cercana al 95%. Y el Presupuesto 2023 anticipó un 60%, mientras que la inflación real escaló hasta el 211%.
Estos desvíos, muy superiores a los que hoy critica Capitanich, alimentaron durante años la desconfianza de los mercados, los analistas y la oposición respecto de las metas oficiales incluidas en los presupuestos nacionales.
El intercambio en el Senado dejó al descubierto una discusión estructural: la dificultad histórica del sistema político argentino para construir presupuestos con proyecciones macroeconómicas creíbles.
Mientras Capitanich cuestiona las metas del Gobierno de Javier Milei para 2026, su silencio sobre los errores del pasado kirchnerista expone una contradicción que atraviesa buena parte del debate.