La reciente participación de estudiantes brasileños de Historia en programas de intercambio hacia Angola y la República Dominicana vuelve a poner en el centro del debate el rol de la universidad pública en la política exterior y cultural del país. Bajo el paraguas de iniciativas de cooperación Sur-Sur, estas experiencias son presentadas como oportunidades académicas, pero también como ejercicios de reconstrucción simbólica de vínculos históricos y culturales.
Más allá del relato institucional, el fenómeno revela una tendencia más profunda: la utilización de la movilidad estudiantil como mecanismo de formación política e identitaria. El intercambio deja de ser exclusivamente una herramienta de excelencia académica y pasa a cumplir una función estratégica dentro de una narrativa estatal que busca redefinir el lugar de Brasil en el Sur Global, con énfasis en la herencia africana y en lecturas contemporáneas del pasado colonial.
En este marco, los programas de intercambio impulsados por el Estado no operan en el vacío. Se insertan en una tradición de cooperación con África y el Caribe que, desde comienzos del siglo XXI, combinó diplomacia, educación superior y construcción de afinidades ideológicas. La universidad pública se transformó así en un espacio clave para articular política exterior, identidad y discurso histórico, desplazando el foco desde los centros académicos tradicionales hacia regiones consideradas estratégicas.
El programa Caminhos Amefricanos profundiza esa lógica al incorporar de manera explícita una agenda de educación antirracista y resignificación cultural. La experiencia académica se estructura alrededor de una narrativa previa, donde el viaje no solo amplía horizontes intelectuales, sino que refuerza una determinada lectura del mundo. El conocimiento deja de ser neutral y se presenta como parte de un proyecto político-cultural más amplio.
Este enfoque plantea interrogantes sobre los criterios que guían la internacionalización universitaria. A diferencia de los intercambios clásicos, centrados en producción científica y competitividad global, estas iniciativas priorizan el valor simbólico y experiencial. El financiamiento estatal cubre la totalidad del proceso, mientras que las exigencias académicas duras quedan en un segundo plano, redefiniendo qué se entiende por éxito académico.
La discusión no gira únicamente en torno a la legitimidad del intercambio, sino a su orientación. ¿Debe la universidad formar principalmente capital intelectual o también capital político y cultural? La respuesta a esa pregunta marcará el rumbo de futuras políticas educativas y el papel que la educación superior asumirá en la proyección regional de Brasil, en un contexto donde conocimiento, identidad y poder aparecen cada vez más entrelazados.