La imagen de mesas improvisadas y raciones entregadas en la vía pública se volvió cada vez más frecuente en Cuba durante 2024 y 2025. Las cenas solidarias de Nochebuena en La Habana, difundidas en redes sociales, funcionaron como una postal incómoda: en un país que durante décadas prometió cobertura social universal, la comida comienza a llegar por fuera del Estado.
Lejos de tratarse de un hecho aislado, esas acciones convivieron con un fenómeno más profundo y persistente: la proliferación de comedores comunitarios y “ollas” sostenidas por actores no estatales para atender el aumento de la pobreza alimentaria. Redes religiosas, activistas cívicos y grupos opositores asumieron una función que el aparato formal ya no logra cubrir con regularidad.
Uno de los casos más visibles es el de la cocina comunitaria impulsada por José Daniel Ferrer, referente de la UNPACU, en Santiago de Cuba. Presentada como una respuesta directa al deterioro social, la iniciativa se organiza con lógica de continuidad: reparto frecuente de raciones, voluntarios estables y financiamiento a través de microdonaciones y apoyo de la diáspora.
A diferencia de las cenas navideñas —acciones puntuales ligadas a una fecha simbólica—, los comedores comunitarios instalan una presencia cotidiana. No solo alivian necesidades inmediatas, sino que introducen un contraste político explícito: allí donde el Estado afirma control y cobertura, emerge una alternativa civil que visibiliza carencias estructurales.
🇨🇺🎄| CERO ALEGRÍA: Entre pobreza y basura se vive la Navidad en La Habana en Cuba. El comunismo ha robado hasta el espíritu navideño. Así es vivir la dictadura comunista.
— Eduardo Menoni (@eduardomenoni) December 25, 2025
DALE ME GUSTA Y RT porque la tiranía cubana quiere OCULTAR esto:
Video: Camila Acosta/ Cubanet. pic.twitter.com/rrhN6IXYl7
En ambos formatos, la comida opera como un indicador de gobernabilidad. Repartir alimentos en el espacio público sugiere que la promesa de protección social ya no alcanza y que la dignidad cotidiana depende, cada vez más, de iniciativas privadas o comunitarias. La asistencia deja de ser solo un acto solidario y se transforma en mensaje.
La exposición pública cumple un rol central. Videos, publicaciones y testimonios funcionan como rendición de cuentas y como construcción de legitimidad social. Mostrar lo que se entrega es, al mismo tiempo, demostrar que la ayuda es necesaria y que existe un vacío que alguien debe llenar.
Imágenes de la Cuba real.
— Observatorio Cubano de Derechos Humanos (@observacuba) December 25, 2025
Personas buscando entre la basura para poder comer.
No son escenas excepcionales ni casos aislados: forman parte de la vida cotidiana de miles de cubanos.
Incluso hoy, 25 de diciembre, esta es la realidad para muchos en la Isla.#Cuba #Pobreza… pic.twitter.com/43CH4qGnHA
La diferencia entre La Habana y las provincias también es reveladora. En la capital, la visibilidad y la vigilancia obligan a cuidar el mensaje; en el interior, las ollas comunitarias se convierten en termómetros crudos de la crisis, pero enfrentan mayor fricción local y control informal.
El crecimiento de estas redes plantea un dilema político para el Estado cubano. Tolerar la ayuda civil puede ser una necesidad ante la emergencia, pero también implica aceptar la pérdida de centralidad. Contenerla, en cambio, refuerza el control, aunque al costo de profundizar el malestar social.