La cultura suele presentarse como un terreno blando, asociado a la identidad y la creatividad, pero en China funciona como una infraestructura política central. Así lo sostiene la historiadora Denise Y. Ho, quien analiza cómo el Estado chino convirtió la gestión cultural en un mecanismo de legitimación, cohesión y disciplina social. No se trata de propaganda aislada, sino de una arquitectura sostenida que atraviesa educación, patrimonio y memoria.
Desde la fundación de la República Popular, el poder entendió que gobernar también implicaba definir el pasado y ordenar los significados del presente. La cultura fue integrada al aparato estatal con objetivos claros: construir consenso, reducir ambigüedades y consolidar la autoridad del Partido Comunista Chino como garante histórico de la nación. En ese marco, la creación artística y el relato histórico operan bajo parámetros políticos explícitos.
Uno de los pilares del modelo es la administración de la memoria histórica. Museos, archivos y currículos escolares responden a un relato oficial que privilegia continuidad y estabilidad, mientras relega episodios incómodos o los resignifica. La historia no es un campo abierto de interpretación, sino un recurso para ordenar el presente y reforzar la legitimidad del partido.
Este enfoque impacta directamente en el mundo académico y cultural. La investigación se mueve dentro de límites ideológicos definidos, lo que reduce el disenso sin recurrir necesariamente a la represión visible. La cultura funciona como un sistema de incentivos y silencios: premia la alineación, penaliza la desviación y produce una ciudadanía habituada a reproducir consensos.
En el plano internacional, China trasladó esta lógica al terreno del poder blando. Intercambios académicos, institutos culturales y grandes exposiciones forman parte de una estrategia para normalizar su visión del mundo y suavizar percepciones críticas. No es un intercambio neutral: los contenidos están cuidadosamente curados y alineados con intereses estatales.
Para países abiertos como Chile, el desafío no es la influencia directa, sino la asimetría narrativa. China llega con un proyecto cultural coherente y de largo plazo; las democracias responden de manera fragmentada. El resultado es un espacio público donde la discusión sobre China avanza más rápido en la oferta que en el análisis crítico.
President Xi Jinping met with Chilean President Gabriel Boric @GabrielBoric.
— Mao Ning 毛宁 (@SpoxCHN_MaoNing) May 15, 2025
Both China and Chile are staunch defenders of multilateralism and free trade. President Xi expressed his readiness to work with President Boric to deepen bilateral cooperation across all fronts, enhance… pic.twitter.com/VFqyEu2zyi
El caso chino deja una lección incómoda: la cultura es poder cuando se planifica como política de Estado. Mientras muchas democracias la tratan como un ámbito autónomo o secundario, Pekín la integró al núcleo de su gobernabilidad. Esa diferencia explica parte de su capacidad para sostener cohesión interna y proyectar influencia sin confrontación directa.

Comprender esta dimensión resulta clave para América Latina. No se trata de imitar el modelo, sino de evitar la ingenuidad estratégica. En un mundo donde la disputa no solo es económica o militar, sino también simbólica, subestimar la cultura implica ceder terreno en silencio.