Alejandro Magno murió en junio del año 323 antes de Cristo, con apenas 32 años, en la ciudad de Babilonia. En poco más de una década había construido uno de los imperios más grandes de la Antigüedad, que se extendía desde Grecia hasta el valle del Indo. Sin embargo, a pesar de su fama, poder y legado, el lugar exacto donde fue enterrado sigue siendo uno de los mayores misterios de la historia.
Tras su muerte, el cuerpo del conquistador fue embalsamado según ritos macedonios y egipcios. Las fuentes antiguas coinciden en que sus restos fueron trasladados a Alejandría, la ciudad que él mismo había fundado años antes y que se convirtió en uno de los grandes centros culturales del mundo antiguo. Allí fue depositado en un mausoleo conocido como el Soma o Sema, que durante siglos fue un lugar de peregrinación política y simbólica.
Diversos líderes de la Antigüedad, entre ellos emperadores romanos, visitaron la tumba para rendirle homenaje. Sin embargo, con el paso del tiempo, los terremotos, las inundaciones, los saqueos y las transformaciones urbanas hicieron que la ubicación exacta del sepulcro se perdiera. A partir del siglo IV, las referencias históricas comienzan a desaparecer y el rastro se vuelve cada vez más difuso.

Desde entonces, arqueólogos de todo el mundo han intentado resolver el enigma. Muchos coinciden en que la tumba podría encontrarse bajo la actual ciudad moderna de Alejandría, especialmente en la zona de la antigua Vía Canópica, hoy conocida como avenida Horreya. El problema es que gran parte de la ciudad antigua yace enterrada bajo edificios, calles y barrios densamente poblados, lo que dificulta cualquier excavación a gran escala.
A lo largo de los años surgieron múltiples teorías y supuestos hallazgos, pero ninguno fue confirmado por la comunidad científica. Cada tanto, reaparecen versiones virales que anuncian el descubrimiento definitivo del sepulcro, aunque siempre carecen de pruebas sólidas o respaldo académico.

El misterio de la tumba de Alejandro Magno no es solo arqueológico. También refleja la fragilidad de la memoria histórica, incluso cuando se trata de una de las figuras más influyentes de todos los tiempos. Más de dos milenios después, el hombre que cambió el curso de la historia sigue sin un lugar cierto de descanso.