El 31 de diciembre de 1991 marcó uno de los puntos de quiebre más profundos del siglo XX. Ese día, Mijaíl Gorbachov anunció su renuncia a la presidencia y certificó la disolución formal de la Unión Soviética. Con ese gesto, no solo desapareció un Estado que había definido la geopolítica global durante más de siete décadas, sino que se cerró un modelo político, económico y social que había mostrado límites estructurales insalvables.
Lejos de tratarse de una derrota personal, la decisión de Gorbachov respondió a una lectura realista del colapso en curso. La URSS ya no funcionaba como unidad coherente: la economía estaba paralizada, el sistema político carecía de legitimidad y las repúblicas exigían soberanía efectiva. Sostener artificialmente la Unión habría requerido una represión masiva incompatible con la apertura que el propio Gorbachov había iniciado.
La singularidad del liderazgo de Gorbachov radicó en su negativa a recurrir a la violencia para preservar el poder. A diferencia de sus predecesores, optó por aceptar el agotamiento del sistema antes que imponer su continuidad por la fuerza. Esa decisión evitó una guerra civil a gran escala y una posible fragmentación caótica del arsenal nuclear soviético, un riesgo real en los últimos meses de 1991.
Las reformas de la perestroika y la glasnost no buscaban destruir la Unión Soviética, sino modernizarla. Sin embargo, al exponer las ineficiencias del sistema y permitir la expresión del descontento social, aceleraron un proceso que ya estaba latente. Gorbachov entendió que revertir ese camino implicaba traicionar el espíritu reformista y reinstalar un autoritarismo agotado.
Hoy se cumplen 34 años de la caída de la URSS.
— América Rangel (@AmerangelLorenz) December 26, 2025
Un recordatorio para el mundo entero de que el socialismo fue y será siempre un rotundo fracaso.
Cuando gobierna la izquierda, el resultado siempre es el mismo: miseria, muerte y autoritarismo. pic.twitter.com/SU0WI8dSMv
La disolución de la URSS permitió a las repúblicas soviéticas recuperar soberanía política y definir su propio rumbo. Para Europa del Este, significó el fin de la tutela imperial y la posibilidad de integrarse a estructuras políticas y económicas más abiertas. Para el sistema internacional, implicó el cierre pacífico de la Guerra Fría, sin un enfrentamiento directo entre superpotencias.
Desde esta perspectiva, el final de la Unión Soviética no debe leerse como una catástrofe, sino como una corrección histórica. El modelo soviético había dejado de ofrecer prosperidad, libertad o cohesión, y su persistencia solo habría profundizado el estancamiento y la represión. Gorbachov, al aceptar la disolución, evitó que el derrumbe se transformara en tragedia.
🟥#URSS - Se cumplen 34 años.
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25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov dimite como presidente de la URSS, este sería el último día de la Unión Soviética. pic.twitter.com/7IjFFDNPOu
Gorbachov sigue siendo una figura ambivalente. En Rusia, muchos lo acusan de haber permitido la pérdida de poder y prestigio internacional. En Occidente, es valorado como el líder que permitió una transición relativamente pacífica hacia un nuevo orden global. Más allá de esas lecturas, su decisión final refleja una rareza histórica: un dirigente que eligió el límite del poder antes que su preservación a cualquier costo.
La disolución de la Unión Soviética fue el resultado de fuerzas profundas, no de una traición individual. Gorbachov no destruyó el sistema: lo dejó caer cuando ya no podía sostenerse sin violencia. En ese acto, más que una renuncia, hubo una definición política que marcó el cierre del siglo soviético y el inicio de una etapa distinta para Eurasia y el mundo.