La victoria de José Antonio Kast en Chile no puede leerse únicamente como un giro ideológico abrupto ni como un simple castigo electoral. El resultado condensa un proceso más largo, marcado por expectativas frustradas, correcciones forzadas y una demanda social que se desplazó desde el cambio estructural hacia la estabilidad. En ese marco, la tesis de que “sin Boric no habría Kast” funciona menos como celebración del vencedor y más como un diagnóstico político sobre las consecuencias no previstas de ciertos ciclos de gobierno.
El gobierno de Gabriel Boric asumió en un país atravesado por el estallido social, la deslegitimación institucional y el fracaso del proyecto constitucional. Frente a ese escenario, la administración optó por priorizar el orden, la gobernabilidad y la contención del conflicto. Ese giro pragmático, orientado a evitar una crisis mayor, también redefinió el terreno electoral: redujo el temor al colapso, pero no resolvió las tensiones estructurales que luego fueron canalizadas por la oposición.
La paradoja central del ciclo chileno es que la estabilización no fortaleció necesariamente a quienes la ejecutaron. Al cerrar la fase de excepcionalidad, el oficialismo perdió su narrativa transformadora y quedó expuesto a demandas persistentes de seguridad, crecimiento y control migratorio. Kast capitalizó ese clima, no tanto por la solidez de su programa, sino por la incapacidad del sistema político de ofrecer respuestas consensuadas en esos frentes.
En un escenario aún desbordado, su discurso habría sido percibido como disruptivo o riesgoso. En un país relativamente estabilizado, en cambio, pudo presentarse como una opción de cierre, aunque con propuestas que siguen generando resistencias significativas. La alternancia no implicó necesariamente una validación de su proyecto, sino una expresión de agotamiento del ciclo previo.
El caso chileno dialoga con procesos recientes en Argentina y Brasil, donde gobiernos identificados con agendas progresistas enfrentaron límites estructurales que erosionaron su capital político. En esos contextos, el voto funcionó más como evaluación de resultados que como adhesión ideológica plena, especialmente en materia económica y de seguridad.
A diferencia de otros países, Chile optó por una salida más nítida y menos ambigua. Sin embargo, esa claridad electoral no elimina las tensiones subyacentes ni garantiza estabilidad a largo plazo. Más que un punto de llegada, el triunfo de Kast puede leerse como un síntoma de un sistema político que aún busca reequilibrarse tras un ciclo de alta intensidad social y expectativas incumplidas.