04/01/2026 - Edición Nº1062

Internacionales

Diplomacia subordinada

Milei sabía del ataque a Venezuela y Argentina aplaude a potencias que manejan el poder global

03/01/2026 | El comunicado de Cancillería expone que el Gobierno no fue sorprendido por el ataque a Venezuela. Como antes con Israel e Irán, Milei vuelve a alinearse con las potencias, sin beneficios concretos y con riesgos crecientes para la soberanía argentina.



La secuencia del ataque a Venezuela y la posterior captura de Nicolás Maduro no dejó a la Argentina como un actor relevante del tablero internacional, sino como un observador que intenta acomodarse del lado del poder. El gobierno de Javier Milei no reaccionó tarde ni improvisó: el comunicado de Cancillería confirma que la Casa Rosada ya sabía lo que iba a ocurrir, y decidió acompañar, una vez más, una acción militar impulsada por potencias extranjeras.

No se trata de una postura neutral ni pragmática. Tampoco de una estrategia cuidadosamente pensada en función de intereses nacionales. Lo que se observa es un patrón repetido: Argentina se adelanta a los hechos para mostrar alineamiento, como ya había ocurrido con el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. Milei no espera resultados ni consensos multilaterales; apuesta a mostrarse como aliado fiel de quienes hoy concentran el poder global.

El problema es que, a diferencia de las potencias que deciden, Argentina no obtiene nada concreto de ese posicionamiento. No define operaciones, no participa en negociaciones y no controla consecuencias. Solo ofrece respaldo político y simbólico, creyendo que estar cerca del “equipo ganador” la protege, cuando en realidad la expone.

El comunicado de Cancillería y la confirmación de que Milei ya sabía

El punto más delicado no es el comunicado en sí, sino su oportunidad y contenido. La advertencia consular previa y el mensaje posterior sobre la situación en Venezuela no encajan con una reacción espontánea. Todo indica que el Gobierno contaba con información anticipada y decidió actuar en consecuencia, avalando de hecho una intervención extranjera.

Este comportamiento no es nuevo. Ya se había visto cuando Milei respaldó la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, incluso antes de que se conocieran públicamente algunos movimientos clave. En ambos casos, Argentina no lidera ni propone, solo acompaña. El Ejecutivo parece convencido de que el alineamiento automático es una forma de política exterior, cuando en realidad es una renuncia a construir una propia.

Argentina no juega: aplaude desde afuera

Lejos de ubicarse como “ganadora”, la Argentina queda en una posición incómoda: no participa del botín, no influye en las decisiones y no controla los daños colaterales. Aplaude como espectadora mientras otros deciden. No hay beneficios económicos claros, ni garantías de respaldo futuro, ni mejoras tangibles en la posición internacional del país.

Esta lógica es similar a la que el propio Milei aplica en la economía y en la construcción de confianza: gestos simbólicos, fotos, tuits, alineamientos discursivos, pero pocos resultados estructurales. La “confianza” se vuelve un concepto abstracto, casi holográfico, que no se traduce en poder real ni en protección concreta para el país.

El costo de avalar ataques ajenos

Cuando un país legitima o celebra ataques a terceros, incluso sin participar directamente, contribuye a erosionar el principio de soberanía. Y esa erosión no distingue banderas. Si hoy se justifica una intervención porque el enemigo es incómodo o autoritario, mañana ese mismo argumento puede usarse contra cualquier otro Estado que quede fuera del consenso de las potencias.

Argentina tiene más para perder que para ganar en este juego. No posee poder militar, ni peso económico decisivo, ni capacidad de veto. Su principal activo histórico fue la diplomacia, el equilibrio y la defensa de la no intervención. Al abandonar esos principios, queda expuesta sin red.

Guinea Ecuatorial, Yibuti y una política exterior sin eje propio

La expansión diplomática hacia escenarios como Guinea Ecuatorial o Yibuti refuerza esta idea de una política exterior errática, más preocupada por mostrar alineamiento global que por defender valores o intereses claros. Se trata de movimientos que no responden a una estrategia nacional de largo plazo, sino a la voluntad de estar presentes donde circula el poder, aunque sea de manera marginal.

En lugar de fortalecer la posición argentina, estos gestos profundizan la percepción de un país que busca validación externa, incluso a costa de asociarse con decisiones cuestionables o con actores que no le aportan beneficios reales.

Seguir al poder no es tener poder

La Argentina de Milei no está del lado ganador: está del lado del aplauso. Avala ataques, celebra capturas y acompaña decisiones ajenas creyendo que eso la acerca al centro del tablero. Pero en política internacional, quien no decide, paga.

Sin una estrategia propia, sin autonomía y sin beneficios concretos, el país queda atado a conflictos que no controla y a consecuencias que no puede evitar. Y cuando el mundo vuelva a girar -porque siempre lo hace-, Argentina habrá perdido algo mucho más valioso que una foto o un gesto: su capacidad de decidir por sí misma.

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