El miedo como política exterior. Estados Unidos nunca gobernó el mundo solo con poder militar. Gobernó, sobre todo, con miedo. Un miedo cuidadosamente administrado, dosificado, teatralizado. Nixon, Reagan y Trump no fueron anomalías: fueron versiones distintas de una misma arquitectura.
Cada uno, en su tiempo, entendió que la paz no se construye con consenso sino con amenaza. Que el orden no surge del acuerdo, sino del temor a las consecuencias. Y que el liderazgo global no necesita amor: necesita obediencia.
Trump no inventó nada. Solo quitó el maquillaje.
Richard Nixon entendió algo antes que nadie: el miedo es más efectivo cuando parece irracional. Su famosa madman theory no buscaba mostrar racionalidad estratégica, sino todo lo contrario: convencer al mundo de que Estados Unidos era capaz de cualquier cosa.
Vietnam fue el laboratorio. Nixon quería que Hanoi creyera que él podía apretar el botón nuclear sin pestañear. No importaba si lo haría o no. Importaba que pareciera posible.
Ese fue el punto de quiebre: el miedo dejó de ser una consecuencia de la guerra y pasó a ser una herramienta deliberada de negociación. El mundo no debía confiar en Estados Unidos. Debía temerle.
Ronald Reagan refinó el método. Donde Nixon mostraba locura, Reagan ofreció épica. Donde Nixon intimidaba, Reagan seducía. Pero el resultado fue el mismo.
La Unión Soviética fue rebautizada como “el imperio del mal”. América Latina, un tablero de castigos ejemplares. Centroamérica ardió bajo la lógica de que cualquier desviación ideológica merecía ser aplastada antes de contagiar.

Reagan no necesitó parecer desquiciado. Le alcanzó con parecer convencido. El miedo, envuelto en discurso moral, se volvió aceptable. Incluso deseable.
La paz, otra vez, fue sinónimo de disciplina.
Donald Trump es el heredero brutal de ambos. De Nixon toma la imprevisibilidad. De Reagan, la teatralidad. Pero elimina lo que ellos cuidaban: la forma.
Trump no disimula. No suaviza. No promete equilibrio. Gobierna con la amenaza explícita y el castigo en vivo. Su diplomacia es un reality show global donde siempre debe haber un eliminado.
Venezuela es el ejemplo perfecto. No hubo negociación real. Hubo advertencia, presión, captura y celebración. Y luego, el relato: Trump como pacificador. La paz como trofeo personal.
Ya no hace falta Guerra Fría. El enemigo se fabrica según conveniencia. El miedo ya no necesita ideología. Solo necesita espectáculo.
El patrón común: enemigos visibles, aliados sumisos
Nixon necesitó Vietnam. Reagan necesitó el comunismo. Trump necesita dictadores derrotados, regímenes humillados, líderes exhibidos como advertencia.
El mensaje es constante:
– El que desafía, cae.
– El que duda, queda marcado.
– El que aplaude, sobrevive… por ahora.
La diferencia es que Trump lo hace sin intermediarios. Sin embajadores elegantes. Sin lenguaje diplomático. El miedo dejó de ser implícito y pasó a ser doctrina pública.
Aquí es donde el paralelismo se vuelve incómodo. Argentina ya atravesó estas etapas. Ya creyó en promesas. Ya apostó a alineamientos ciegos. Ya aprendió -a fuerza de derrotas- que Estados Unidos nunca fue neutral cuando el Reino Unido estuvo en juego.
Malvinas es la prueba histórica. Nixon, Reagan o Trump: el resultado siempre fue el mismo. Washington del lado de Londres. Y Buenos Aires pagando el costo de la ilusión.
Milei, sin embargo, actúa como si esta vez fuera distinto. Como si el miedo global no también se aplicara a los aliados. Como si la obediencia garantizara protección.
La historia demuestra lo contrario.
El miedo no construye paz, construye sumisión
Nixon, Reagan y Trump no buscaron un mundo estable. Buscaron un mundo ordenado bajo sus reglas. El miedo fue el cemento.
Trump no es una excepción ni un accidente. Es la versión descarnada de una tradición. La que entiende que la paz no es ausencia de conflicto, sino control absoluto del tablero.
El problema no es Trump.
El problema es creer que esta vez el miedo no va a alcanzarnos.
Porque cuando el mundo se gobierna desde el miedo, nadie está a salvo.
Ni siquiera los que aplauden.