05/01/2026 - Edición Nº1063

Opinión


Mapa ideológico

Una a una, cómo se posicionaron las fuerzas políticas argentinas respecto a la captura de Maduro

04/01/2026 | La caída de Maduro expuso alineamientos, tensiones y contradicciones de la política argentina frente a Estados Unidos y América Latina.



La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos no sólo reordenó el mapa regional: en la Argentina dejó expuesta, en tiempo real, la cartografía ideológica de su sistema de partidos. En pocas horas se acomodaron tres grandes grupos: los que celebran el operativo como el final de una dictadura; los que repudian la intervención militar como un atropello a la soberanía; y los que intentan una posición intermedia, condenando al chavismo pero marcando límites al modo en que se produjo su caída. 

El gobierno de Javier Milei se ubicó sin matices en el primer casillero. El Presidente habló de la “caída de un dictador narcoterrorista”, afirmó que “no hay medias tintas: se está del lado del bien o del mal” y aseguró que la Argentina “está lista para ayudar en la transición a una Venezuela libre, democrática y próspera”. Su cancillería acompañó con un comunicado oficial que definió la operación como “un avance decisivo contra el narcoterrorismo que afecta a la región”, recordando que el llamado Cartel de los Soles ya había sido declarado organización terrorista por el propio Gobierno argentino en 2025. En el Congreso, el bloque de La Libertad Avanza impulsó declaraciones de respaldo a la decisión de Washington, presentando el ataque como un “hito sin precedentes” en la historia reciente de América Latina

En la órbita opositora de derecha, la reacción fue mayoritariamente celebratoria, pero con grietas visibles. Mauricio Macri sostuvo que “se termina la impunidad de un dictador” y habló de una “nueva época” para la región, en sintonía con el tono triunfalista del oficialismo. Patricia Bullrich calificó el día como “histórico”, agradeció la “determinación” de Donald Trump y volvió sobre un argumento central del mileísmo: vincular a Maduro con el narcotráfico y con una estructura criminal regional. Dirigentes del PRO como Waldo Wolff difundieron comunicados bajo el lema “Venezuela libre”, centrados en las violaciones a los derechos humanos, el exilio masivo y la necesidad de una transición democrática. En paralelo, Horacio Rodríguez Larreta abrió una línea de tensión: definió a Maduro como “dictador sanguinario”, pero advirtió que la irrupción militar de Estados Unidos es “un antecedente peligroso” que viola el principio de soberanía, lo que le valió el dardo público de Bullrich -“Dios, qué tibio”- y un nuevo capítulo en la interna amarilla. 

La UCR intentó pararse en un punto intermedio, más cercano a la tradición alfonsinista que al reflejo imediato del mileísmo. En comunicados oficiales, el partido afirmó que en Venezuela “gobierna una dictadura que persigue, encarcela y expulsa a quienes piensan distinto”, pero al mismo tiempo subrayó que “la única salida legítima y sostenible es democrática, pacífica y constitucional”, evitando avalar explícitamente el operativo militar. Algunas estructuras provinciales radicales fueron más lejos en la crítica: la UCR de San Nicolás, por ejemplo, recordó que “la paz y la democracia no se imponen con bombardeos”, marcando distancia del método elegido por Washington aun cuando comparten el diagnóstico sobre el régimen chavista. Gobernadores radicales como Maximiliano Pullaro se plegaron a esa línea, combinando condena a Maduro con reclamo de respeto al derecho internacional. 

En el campo peronista predominó el repudio frontal a la intervención estadounidense. El Partido Justicialista nacional difundió un comunicado en el que condenó los bombardeos, los definió como “una amenaza para toda la región” y sostuvo que violan la Carta de las Naciones Unidas, reafirmando los principios de no intervención, rechazo al uso de la fuerza y solución pacífica de los conflictos bajo la consigna “América Latina es territorio de paz”. La Cámpora habló de una “gravísima violación a la soberanía” y de un “acto de imperialismo explícito y violento”, mientras referentes como Axel Kicillof, Ricardo Quintela o Juan Grabois inscribieron el ataque en la serie de intervenciones que la región conoce desde Irak en adelante, comparando la captura de Maduro con la caída de Saddam Hussein. En redes y declaraciones, el kirchnerismo aprovechó además para cuestionar el alineamiento automático de Milei con Estados Unidos y mostrar la foto de Cristina Kirchner con Maduro como parte de una discusión más amplia sobre la política exterior argentina. 

La izquierda se paró todavía más lejos, con un lenguaje abiertamente antiimperialista. El Frente de Izquierda Unidad denunció una “agresión imperialista” y habló de “bombardeos criminales” y “secuestro” de Maduro, reclamando movilizaciones frente a la embajada de Estados Unidos bajo consignas como “Fuera yanquis de Venezuela”. Myriam Bregman advirtió sobre una escalada de intervención en América Latina y cuestionó en simultáneo al régimen chavista y a los festejos de Milei y Bullrich, mientras el MST, el Partido Obrero y otras organizaciones convocaron marchas de repudio, insistiendo en que la salida debe estar en manos del pueblo venezolano y no de una potencia extranjera. 

El mapa que deja “lo sucedido en Venezuela” dice tanto sobre Caracas como sobre Buenos Aires. El oficialismo libertario y buena parte del PRO leen la captura de Maduro como una victoria del “mundo libre” y un nuevo capítulo de su alineamiento estratégico con Trump. El peronismo intenta reposicionarse en la tradición latinoamericana de no intervención y defensa formal de la soberanía, aun a costa de cargar con su propio historial de cercanía con el chavismo. La UCR busca un delicado equilibrio entre la condena a la dictadura y el respeto al derecho internacional, y la izquierda levanta la bandera clásica del antiimperialismo. Más que una reacción coyuntural, la discusión sobre Venezuela vuelve a ordenar el tablero argentino alrededor de un viejo dilema: cómo se combinan democracia, derechos humanos y soberanía cuando el tablero geopolítico se decide, una vez más, lejos de la región.

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