Tras la intervención de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, el gobierno de Javier Milei se alineó sin matices con la administración de Donald Trump, aunque buscó administrar con cautela el impacto político que generaron las declaraciones del republicano contra la principal figura de la oposición venezolana.
El propio Milei fue quien dejó explícito el respaldo a la operación norteamericana. Días antes, en una entrevista con el periodista Andrés Oppenheimer, el presidente libertario había ensayado una justificación del accionar estadounidense. Luego, el sábado, fue más directo al definir la detención de Maduro como “la caída de un dictador, de un terrorista y de un narcotraficante que quiso aferrarse al poder”.
El escenario se complejizó cuando Trump cuestionó públicamente el liderazgo de María Corina Machado. “No cuenta con apoyo ni respeto dentro de su país”, afirmó el expresidente estadounidense, y adelantó que Estados Unidos se hará cargo de los destinos del país caribeño, una definición que generó ruido incluso entre aliados regionales.
Desde Balcarce 50, el mensaje fue doble: sostener el alineamiento estratégico con Washington, pero sin romper puentes con la dirigencia opositora venezolana. Esa línea quedó expuesta en las declaraciones de Patricia Bullrich, ya como senadora de La Libertad Avanza, quien participó de la concentración de venezolanos en Buenos Aires y elogió sin reservas a Machado, a quien definió como “una líder mundial, de la paz y representativa del deseo de libertad de su pueblo”.
Bullrich también incluyó en ese esquema al dirigente Edmundo González Urrutia, a quien señaló como una figura con mayor protagonismo futuro. En contraste, tras los dichos de Trump, el entorno presidencial optó por el silencio y evitó referirse al tema, reflejando el delicado equilibrio que el oficialismo intenta sostener entre la fidelidad geopolítica a Estados Unidos y la legitimidad de la oposición venezolana.