En El Living de NewsDigitales, el periodista Tomás Méndez conversó con el politólogo, docente y diputado nacional Leandro Santoro analizó los ciclos políticos argentinos, el quiebre que produjo Cromañón en la Ciudad de Buenos Aires, el avance del individualismo y una sociedad atravesada por la indiferencia frente al dolor del otro.
Santoro parte de una definición estructural: para entender la política porteña hay que mirar el contexto nacional. “La política en la ciudad de Buenos Aires tiene mucho que ver con los ciclos políticos nacionales”, afirmó, y recordó que durante años fue una ciudad progresista “hasta que sucedió Cromañón”. Según explicó, ese episodio “pegó un giro” y transformó a la Ciudad “en el lugar desde donde la derecha nacionalizó un proyecto político”.
El dirigente vinculó esa tragedia con un agotamiento del progresismo. “Cromañón puso en jaque un sistema que estaba perimido”, sostuvo, y remarcó que el progresismo “está obligado todo el tiempo a repensar formas de intervención de lo público, de coordinación y de control sobre el sector privado”. Cuando eso no ocurre, advirtió, “pueden suceder tragedias, que fue lo que sucedió”.
El politólogo también recordó el impacto político inmediato. “Fue un quilombo la destitución del jefe de Gobierno porque eso fracturó el bloque popular”. Esa fractura, señaló, terminó siendo decisiva: “En definitiva lo que terminó dándole la oportunidad a Macri de que sea jefe de Gobierno de esta ciudad”. Para él, no fue solo una crisis institucional, sino un quiebre de sentido político.

Al ampliar la mirada, el legislador sostuvo que los grandes ciclos políticos argentinos nacen de experiencias traumáticas.
“Alfonsín fue producto de la derrota de Malvinas, Menem fue producto de la hiperinflación del 89, Néstor fue producto de la crisis del 2001”.
Ese último punto le permitió detenerse en el presente. “Después de la pandemia en el mundo y en la Argentina se construyó una hegemonía ultraconservadora, de ultraderecha muy fuerte”, afirmó. Según el diputado, ese proceso “invirtió los valores de nuestra sociedad” y dio lugar a “una sociedad más individualista, menos solidaria, que pone el mercado en el centro de las cosas y no a las personas”.
En esa lógica, advirtió sobre el deterioro del vínculo con lo público.
“Hay una valoración de lo privado por sobre lo público y un menosprecio de lo público”.
Para Santoro, ese modelo “es un modelo de país para pocos” que “finalmente genera más perdedores que ganadores”, aunque conserve apoyo social.
El dirigente se detuvo especialmente en la indiferencia como rasgo de época. “La gente que está en situación de calle, cuando le preguntás qué es lo peor que le pasa, te dice: la indiferencia”, relató. “Prefiero que me tengan miedo a que no me miren”, citó, y sostuvo que ese dato “habla de una sociedad rota”, atravesada por valores que “no son los nuestros”.

Sin embargo, evitó reducir el fenómeno a una cuestión moral. “No creo que toda la gente sea mala”, aclaró. Para Santoro, después de la pandemia hubo “un fenómeno del orden psicológico que alteró mucho la subjetividad de las personas”. “Nos volvimos más ensimismados, más mercantilistas”, explicó, y señaló que esa dinámica “rompe lazos” y genera indiferencia frente al dolor ajeno.
Al referirse a la política, fue categórico sobre el poder real. “El poder real está en el capital, está en el mercado, está en el dinero”, afirmó, y advirtió que la política “cada vez tiene menos cuotas de autonomía frente al poder económico”. Por eso, se preguntó:
“¿Por qué cuando la sociedad funciona mal se critica a la democracia y no al capitalismo?”.
Sobre su propio rol, Santoro se definió como un outsider. “Nunca en mi vida utilicé una relación personal para hacer un negocio, ni público ni privado”, aseguró. Y concluyó con una definición que sintetiza su mirada: “Cualquier persona que quiera gobernar tiene que hablar con todo el mundo, pero si ese equilibrio no se puede construir, tiene que defender los intereses por los cuales lo votaron. Si no, la política deja de tener sentido”.