El escenario político venezolano entró en una fase inédita tras la salida forzada de Nicolás Maduro, pero lejos de una ruptura abrupta, el sistema mostró una capacidad de reorganización interna que amortiguó el impacto. La estructura del poder chavista, más allá de su liderazgo personalista, reaccionó con rapidez para preservar la gobernabilidad formal y evitar un vacío que pudiera ser capitalizado por actores externos o por la oposición fragmentada.
La captura del expresidente no desató un colapso institucional ni una reacción social masiva. Por el contrario, el Estado mantuvo su funcionamiento básico, reforzando la percepción de que el chavismo opera como un entramado político-administrativo más que como un proyecto sostenido por una sola figura. Esa continuidad controlada explica por qué la expectativa de una transición inmediata se diluyó en cuestión de días.
La designación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada respondió a una lógica de contención política. El encuadre jurídico de la “falta temporal” permitió al oficialismo ganar tiempo y encauzar el proceso dentro de márgenes legales definidos por el propio régimen. No se trató de un gesto aperturista, sino de una maniobra destinada a mantener la iniciativa y limitar la injerencia de actores no alineados.
Este interregno está marcado por una doble tensión: hacia adentro, la necesidad de asegurar lealtades en el aparato estatal y militar; hacia afuera, la presión de Estados Unidos y otros actores internacionales que condicionan cualquier reconocimiento a señales concretas de cambio. En ese equilibrio precario, la transición se configura como un proceso vigilado, más cercano a una negociación forzada que a una apertura democrática clásica.
¡Les está llegando la hora de enfrentar la justicia!
— Vente Venezuela (@VenteVenezuela) January 5, 2026
Nicolás Maduro y Cilia Flores trasladados a su primera audiencia.
📸: @reuters
🎥: cortesía pic.twitter.com/hCiSSL5lFv
La oposición venezolana enfrenta el desafío de actuar en un escenario donde no controla los tiempos ni los mecanismos institucionales. La falta de una conducción unificada y la dependencia de avales externos reducen su margen de maniobra, mientras el oficialismo explota esa debilidad para presentarse como garante de estabilidad frente a la incertidumbre.

Venezuela queda así atrapada en una zona intermedia: sin la figura de Maduro, pero con las estructuras del chavismo intactas; sin un quiebre autoritario evidente, pero tampoco con una transición plenamente soberana. El desenlace dependerá menos de los gestos simbólicos y más de la capacidad de los actores internos para redefinir reglas de poder bajo una supervisión internacional que no oculta sus propios intereses.