El 6 de enero se celebra la Epifanía del Señor, conocida popularmente como el Día de los Reyes Magos. La fecha recuerda la visita de los “magos de Oriente” al niño Jesús, guiados por una estrella, según el Evangelio de Mateo. Es uno de los relatos fundacionales del cristianismo y, a la vez, uno de los más reinterpretados a lo largo de los siglos.
El texto bíblico nunca dice que fueran reyes ni que fueran tres. Habla de “magos”, un término que en la Antigüedad designaba a sabios, astrónomos o sacerdotes persas especializados en la lectura de los astros. El número tres se fijó recién en el siglo III, por la cantidad de regalos: oro, incienso y mirra.
Sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecen por primera vez en textos apócrifos del siglo VI. La idea de que representen a Europa, Asia y África es aún más tardía: surge en la Edad Media como una forma simbólica de mostrar que Cristo era reconocido por todo el mundo conocido.
Dato de color: en las primeras representaciones cristianas de las catacumbas romanas, los magos aparecen vestidos con pantalones persas y gorros frigios, muy lejos de la imagen de coronas y capas que se popularizó después.
Desde hace siglos, historiadores y astrónomos debaten qué fue la famosa estrella. Las hipótesis más sólidas hablan de una conjunción planetaria entre Júpiter y Saturno ocurrida en el año 7 a.C., visible desde Medio Oriente y con un fuerte significado simbólico para los astrólogos de la época. Otra teoría menciona una nova o una supernova registrada en crónicas chinas.
Lo cierto es que el relato mezcla fe y astronomía, una combinación habitual en el mundo antiguo, donde leer el cielo era una forma legítima de interpretar la historia.
Traducido: rey, dios y mortal. Una declaración teológica contundente para un relato breve.
En Argentina, la tradición llegó con la colonización española y se mantuvo con fuerza hasta bien entrado el siglo XX, cuando Reyes era, para muchas familias, más importante que Navidad.
La noche del 5 de enero, los chicos dejan pasto y agua para los camellos (o caballos) y al día siguiente encuentran regalos pequeños, históricamente más modestos que los actuales. En muchas casas, el ritual sigue intacto.
Dato interesante: en varias provincias del norte y Cuyo, era común que los regalos fueran frutas, dulces caseros o juguetes artesanales. La idea de regalos costosos es una incorporación relativamente reciente, influida por modelos extranjeros.
La rosca de Reyes llegó desde Europa, pero en Argentina se adaptó: masa tipo brioche, frutas abrillantadas y crema pastelera. A diferencia de otros países, aquí casi no se conserva la costumbre del “muñeco escondido”, aunque en algunas familias persiste.
En barrios populares, hasta hace pocas décadas, la rosca se compartía entre vecinos como cierre informal de las fiestas de fin de año.
El 6 de enero funciona, culturalmente, como un punto final: se guardan adornos, se desarma el arbolito y comienza el año “en serio”. En clave argentina: después de Reyes, arrancan las obligaciones.
En tiempos de consumo acelerado, la celebración sobrevive más como gesto simbólico que como evento comercial masivo. Y quizá ahí radique su fuerza: sigue siendo una fiesta donde la magia depende menos del precio y más del ritual.