El nuevo activismo internacional de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump está reconfigurando equilibrios que Europa daba por estables. La intervención estadounidense en Venezuela y la presión explícita para avanzar sobre Groenlandia revelan una misma lógica: el uso directo del poder como instrumento de política exterior. Frente a ese giro, la reacción europea aparece fragmentada, tardía y, en muchos casos, condicionada por la dependencia estructural de Washington en materia de seguridad.
La operación en Venezuela dejó al descubierto esa debilidad. Mientras Estados Unidos avanzó con decisiones unilaterales que alteraron el tablero político regional, la Unión Europea quedó relegada a un rol secundario, sin capacidad real de incidencia. La ausencia de una posición común y de mecanismos de presión efectivos reforzó la percepción de que Bruselas observa los hechos consumados más que moldear los acontecimientos.
La falta de una respuesta europea coordinada frente a Venezuela no es un fenómeno nuevo, pero adquiere mayor gravedad en el contexto actual. La UE apostó durante años a una estrategia declarativa, basada en sanciones y llamados al diálogo, que terminó diluyéndose frente al pragmatismo estadounidense. En la práctica, Washington impuso tiempos, actores y resultados, mientras Europa quedó atrapada entre su retórica normativa y su incapacidad operativa.
Ese vacío no solo debilitó la influencia europea en América Latina, sino que también envió una señal hacia otros frentes: cuando Estados Unidos actúa, Europa acompaña o calla. Esa lógica se vuelve especialmente sensible cuando la presión de Washington se desplaza desde escenarios periféricos hacia el corazón del espacio euroatlántico.
El Cuerno de África tiene 1,9 millones de km2. Groenlandia, 2,1 millones. Una pequeña diferencia en la realidad, una gigantesca diferencia en el mapa. La representación es clave en la importancia que damos a distintas regiones del mundo. pic.twitter.com/H8s6igceJf
— Guerra en la Universidad (@GuerraenlaUni) March 29, 2023
Las declaraciones de Trump sobre la necesidad de que Estados Unidos controle Groenlandia introdujeron una tensión inédita dentro de la OTAN. La isla, territorio autónomo de Dinamarca, ocupa una posición estratégica clave en el Ártico, tanto por su valor militar como por sus recursos naturales. La insinuación de una posible anexión, incluso por la fuerza, quebró uno de los supuestos centrales de la alianza: la inviolabilidad territorial entre aliados.
La respuesta de Copenhague fue inusualmente contundente. Desde Dinamarca se advirtió que un ataque estadounidense contra un aliado para apropiarse de su territorio significaría, de facto, el fin de la OTAN tal como se la conoce. El mensaje buscó no solo frenar la presión de Washington, sino obligar a Europa a tomar posición frente a un escenario que pone en cuestión su propia seguridad.

El contraste entre la reacción europea ante Venezuela y la amenaza sobre Groenlandia expone una misma carencia: la falta de autonomía estratégica real. Mientras Europa tolera la acción estadounidense en terceros escenarios, descubre sus límites cuando la coerción se acerca a su propio espacio geopolítico. Sin capacidades militares integradas ni voluntad política común, la UE depende de una alianza que hoy muestra fisuras profundas.
En ese contexto, el dilema europeo es claro. O avanza hacia una redefinición de su rol internacional, con mayor cohesión y capacidad de disuasión, o acepta un lugar subordinado en un orden global cada vez más transaccional. Venezuela y Groenlandia, aunque distantes, funcionan como espejos de una misma crisis: la de una Europa que observa cómo se decide el mundo sin ella.