Este 6 de enero se cumple un nuevo aniversario de la salida formal del régimen de convertibilidad, el esquema que durante más de una década fijó la paridad de un peso igual a un dólar y que concluyó oficialmente en 2002, en medio de la crisis económica, social e institucional más profunda desde el retorno de la democracia.
La decisión fue instrumentada por el gobierno de Eduardo Duhalde y explicada públicamente por el entonces ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, en un extenso discurso que marcó el inicio de una nueva etapa de la política económica argentina, con definiciones clave sobre el tipo de cambio, la política fiscal, monetaria y el tratamiento de ahorros, deudas y contratos.
Desde el inicio de su exposición, Remes Lenicov trazó un diagnóstico crudo de la situación heredada. “La Argentina está en bancarrota”, sostuvo, retomando las palabras del presidente Duhalde, y describió un país sumido en casi cuatro años de depresión económica, con caída constante de la actividad, aumento de la pobreza y del desempleo.
“La verdad es que nuestra economía está colapsada”, afirmó, al tiempo que recordó que el país había declarado el default de su deuda externa, lo que implicaba “transitoriamente no hacer pagos” y, en términos más coloquiales, haber “pedido convocatoria de acreedores”.
A ese cuadro se sumaba, según explicó, la pérdida casi total de los instrumentos tradicionales de política económica. “No podíamos actuar en materia fiscal, en materia monetaria ni en materia cambiaria”, señaló, y detalló que el déficit fiscal nacional había alcanzado los 11.000 millones de pesos, con otros 3.500 millones a nivel provincial, mientras que solo en diciembre la recaudación había caído un 30%.
En ese contexto, Remes Lenicov planteó los objetivos inmediatos del nuevo programa: sincerar la situación real de la economía, destrabar el proceso productivo, recuperar la senda del crecimiento y, sobre todo, volver a contar con herramientas de política económica.
“El primer punto tiene que ver con la política cambiaria y la convertibilidad”, anunció, al referirse a la ley sancionada horas antes. Esa norma, explicó, “da salida formal a la convertibilidad”, aunque aclaró que la paridad fija ya había sido abandonada de hecho semanas antes, durante el final del gobierno de Fernando de la Rúa.
“Esto es un cambio de rumbo. Con la anterior política no hubiéramos podido salvar la crisis; hubiera sido un milagro que haciendo más de lo mismo tuviéramos otros resultados”, sentenció.
Uno de los pasajes más esperados del discurso fue la definición del nuevo esquema cambiario. Tras explicar que se habían realizado estudios sobre la composición del comercio exterior argentino, Remes Lenicov anunció con precisión: “La nueva paridad del peso va a ser de 1,40 respecto del dólar”.
El esquema incluía un tipo de cambio oficial, por el cual ingresarían todas las divisas provenientes de exportaciones de bienes y servicios y de movimientos de capitales, y un mercado libre para determinadas operaciones, como el turismo.
El ministro remarcó que toda devaluación exigía medidas compensatorias, destinadas a evitar un impacto social y financiero descontrolado. Cabe recordar que durante ese 2002, la suba del tipo de cambio terminó siendo mucho más profunda: el dólar llegó a valer 4 pesos.
En materia financiera, Remes Lenicov buscó llevar tranquilidad a los ahorristas: “Vamos a mantener la moneda de origen. Ningún ahorrista tiene que tener incertidumbre”, afirmó, y aclaró que no habría quitas ni porcentajes apropiados por el Estado.
Para los deudores, el esquema distinguía por montos. Los créditos de hasta 100.000 pesos -incluidos los hipotecarios, prendarios, personales y de pequeñas y medianas empresas- se mantendrían en la relación uno a uno, conservando las condiciones originales. Para deudas mayores, el Gobierno anticipó que se analizarían mecanismos para estirar plazos y bajar tasas, con el objetivo de sostener cuotas similares a las vigentes.
También se avanzó en la desdolarización de contratos privados. Los alquileres se mantendrían en pesos a la paridad uno a uno y se abrirían instancias de renegociación, al igual que en otros contratos.
Otro eje central fue la política sobre servicios públicos. Remes Lenicov fue explícito: “Las tarifas de los servicios públicos no deben aumentar”. Además, anunció el inicio de un proceso de renegociación de contratos, que quedaría sujeto a la aprobación del Congreso.
En paralelo, el Gobierno resolvió aplicar derechos a las exportaciones de petróleo, con el objetivo de que una parte de la devaluación quedara en manos del Estado y pudiera utilizarse para compensar desequilibrios dentro del sistema económico.
El ministro anticipó que en pocas semanas se presentaría un nuevo presupuesto nacional, basado en medidas de austeridad para alcanzar el equilibrio fiscal, condición indispensable -junto con una política monetaria consistente- para evitar una espiral inflacionaria tras la devaluación.
En ese marco, anunció la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, para que volviera a actuar como prestamista de última instancia, y la definición de una regla monetaria clara.
Recién después de ordenar esas variables, explicó, el país avanzaría en la renegociación de la deuda externa y en el restablecimiento del vínculo con los organismos internacionales de crédito.
A 24 años de aquel 6 de enero, el discurso de Jorge Remes Lenicov permanece como uno de los documentos más representativos del giro económico de comienzos de siglo.
La salida de la convertibilidad marcó el final de una era y el comienzo de otra, cuyas consecuencias -económicas, sociales y políticas- siguen siendo objeto de debate y análisis hasta hoy.