En distintos países de América Latina, algunos crímenes de extrema violencia fueron acompañados por un mismo relato: el autor aseguró haber actuado bajo la influencia del diablo. Aunque se trata de episodios aislados, el patrón narrativo se repite y genera impacto público inmediato. La apelación a fuerzas demoníacas funciona como explicación simbólica, pero también como intento de desplazar la responsabilidad individual en contextos judiciales y mediáticos.
Uno de los casos más recientes ocurrió en Argentina, en la provincia de Misiones, donde un joven fue acusado de asesinar brutalmente a un hombre y afirmó que la víctima “era el diablo”. El episodio, ampliamente difundido por medios nacionales, volvió a instalar la discusión sobre la delgada frontera entre creencias religiosas extremas y cuadros de desorganización mental. La Justicia, sin embargo, evitó validar el relato y avanzó con peritajes psiquiátricos para determinar imputabilidad.
En Colombia, el caso de Tomás Maldonado Cera -conocido como “El Satánico”- expuso otra variante del fenómeno. Sus asesinatos incluyeron marcas corporales y referencias explícitas a símbolos demoníacos. Si bien el acusado no alegó de forma directa haber sido poseído, el uso reiterado de rituales oscuros alimentó una narrativa pública donde el mal sobrenatural ocupó un lugar central. Para los investigadores, sin embargo, el eje estuvo puesto en su perfil criminal y no en la dimensión mística del discurso.
Brasil ofrece uno de los antecedentes más perturbadores. En la ciudad de Altamira, durante las décadas de 1980 y 1990, una serie de asesinatos de niños fue vinculada a supuestos rituales satánicos. Las mutilaciones y el carácter sistemático de los crímenes llevaron a las autoridades a investigar la posible existencia de una red organizada. Con el paso del tiempo, el caso se convirtió en un símbolo de cómo el horror ritualizado puede convivir con profundas falencias institucionales.
🚨 “EL DIABLO ESTABA DENTRO DE MÍ, FUE EL DIABLO” | Eso dijo Christian Serrano, imputado de asesinar a su hijo de cinco años con un arma blanca, a su salida de la comandancia de la Policía en Caguas. Detalles en Telenoticias 5PM. pic.twitter.com/Qe9fgoMQTb
— Jeremy Ortiz (@JeremyOrtizTV) January 6, 2026
En todos estos episodios, la invocación al diablo aparece como un elemento narrativo potente, pero jurídicamente frágil. Los sistemas judiciales de la región coinciden en un punto: las creencias religiosas, por extremas que sean, no eximen automáticamente de responsabilidad penal. Solo los diagnósticos médicos debidamente acreditados pueden modificar la imputabilidad de un acusado.
#VisperadeReyes Chris Ezequiel Serrano Rodriguez de 5 años, fue asesinado. Su mama Eliza Rodriguez llamo al 911, que salio a comprar medicinas pq tenia fiebre y papa, Chistian Serrano Rosario de 32, le dijo lo habia matado pq “estaba poseido” y se fue. pic.twitter.com/d28tcople7
— Sylvia Hernandez (@sylvia_hernandz) January 6, 2026
Más allá del fallo de los tribunales, estos casos revelan una tensión persistente en sociedades atravesadas por la fe, la violencia estructural y la precariedad en el acceso a salud mental. El recurso a lo demoníaco no explica el crimen, pero sí expone una necesidad colectiva de encontrar sentido a actos que desbordan toda lógica racional.