23/02/2026 - Edición Nº1112

Internacionales

Transición

Venezuela como Sudáfrica: la transición que imagina Estados Unidos y sus riesgos

07/01/2026 | El esquema de estabilización y control planteado por Washington asume que las transiciones políticas no responden a ideales, sino a correlaciones concretas de poder.



La exposición de Marco Rubio ante el Congreso de Estados Unidos sobre el proceso de transición en Venezuela dejó al descubierto una premisa central que atraviesa buena parte de la política exterior estadounidense: los cambios de régimen no se construyen desde la pureza normativa, sino desde el manejo pragmático de los equilibrios reales de poder. El plan en tres fases -estabilización, recuperación y transición- parte de una obsesión explícita por evitar el colapso del Estado venezolano y el desborde regional que podría derivarse de un vacío de autoridad.

En ese marco, la intervención de Rubio buscó ordenar el debate político en Washington y enviar una señal clara a los aliados regionales. La prioridad no es acelerar una democratización ideal, sino contener el riesgo sistémico que representa una Venezuela sin conducción efectiva, tanto para su población como para el entorno hemisférico.

Venezuela 


Venezuela es un país en la costa norte de América del Sur con diversas atracciones naturales. A lo largo de su costa caribeña se encuentran islas turísticas tropicales, como la Isla de Margarita y el archipiélago de Los Roques.

Estabilización como condición previa

En la primera etapa, Rubio plantea la estabilización como condición previa a cualquier transformación política. Lejos de una apertura inmediata, la prioridad es impedir el caos mediante mecanismos de presión económica y control de activos estratégicos, especialmente el petróleo. La llamada “cuarentena” petrolera aparece así no solo como una sanción, sino como una herramienta de administración del conflicto.

El control de entre 30 y 50 millones de barriles, su venta a precios de mercado y la supervisión del destino de esos fondos forman parte de una lógica de influencia directa. Estados Unidos no busca gobernar Venezuela, pero sí condicionar los márgenes de acción del proceso político, evitando que los recursos vuelvan a alimentar estructuras de corrupción o redes de poder residual.

Recuperación y reinserción controlada

La segunda fase, definida como recuperación, introduce una lógica de reinserción económica gradual y condicionada. El acceso de empresas estadounidenses y de países aliados al mercado venezolano se presenta como un mecanismo para reactivar capacidad productiva sin restituir el entramado económico del chavismo.

No se trata de una liberalización plena ni inmediata, sino de una apertura selectiva orientada a sostener gobernabilidad mínima. La recuperación económica funciona aquí como instrumento político: estabilizar ingresos, reducir tensiones sociales y crear incentivos para la cooperación interna durante el proceso de cambio.


Marco Rubio junto a Donald Trump.

La lección sudafricana

Este enfoque solo cobra sentido si se lo analiza desde una perspectiva histórica comparada. Las transiciones políticas no ocurren como los grupos de interés las imaginan o desean, sino como las correlaciones reales de poder lo permiten, con los actores existentes y dispuestos a jugar un rol.

La experiencia de Sudáfrica resulta ilustrativa. Nelson Mandela fue indispensable para desmontar el apartheid, pero sin Frederik de Klerk el proceso simplemente no habría sido posible. De Klerk no era una figura legitimada por el entorno político de Mandela, pero fue un actor necesario para garantizar una transición ordenada y evitar un colapso institucional.

Interlocutores imperfectos y gobernabilidad

La analogía sudafricana permite comprender el núcleo del planteo de Rubio. La transición venezolana no se construirá con aliados ideales ni con una ruptura total del aparato existente, sino con interlocutores imperfectos, estructuras heredadas y concesiones tácticas.

Pretender una depuración absoluta del poder no solo resulta inviable, sino potencialmente desestabilizante en un país atravesado por fuerzas armadas politizadas, economías ilegales y una sociedad civil profundamente erosionada.

Transición como proceso, no como evento

En este marco, la tercera fase aparece menos como un punto de llegada que como un proceso solapado con las etapas anteriores. Amnistías selectivas, repatriación de exiliados y reconstrucción gradual de la vida civil forman parte de una arquitectura pensada para reducir resistencias internas.

El planteo de Rubio puede generar rechazo en sectores que esperan una ruptura nítida con el pasado venezolano. Sin embargo, su lógica remite a una verdad incómoda pero recurrente: las transiciones exitosas no son ejercicios de moral abstracta, sino negociaciones asimétricas entre actores con poder real.

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