23/02/2026 - Edición Nº1112

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Energía y poder

Caracas acuerda con Washington por el petróleo: cómo condiciona la salida del chavismo

08/01/2026 | La negociación petrolera confirmada por Caracas encaja en la lógica de estabilización y control defendida por Washington como antesala de un cambio político.



La confirmación por parte del gobierno venezolano de negociaciones para la venta de volúmenes significativos de petróleo a Estados Unidos marca un punto de inflexión en la relación bilateral y en el diseño del escenario de transición política. Lejos de tratarse de un simple entendimiento comercial, el acuerdo se inscribe en una arquitectura más amplia de presión, tutela y administración externa de recursos estratégicos, orientada a evitar el colapso del Estado y a condicionar el proceso de cambio.

Según lo informado, el entendimiento contempla la transferencia de entre 30 y 50 millones de barriles de crudo venezolano, que serían vendidos a precio de mercado bajo supervisión estadounidense. Los ingresos generados quedarían sujetos a mecanismos de control externos, con el argumento de impedir su desvío hacia redes de corrupción o estructuras políticas del antiguo régimen. El petróleo, una vez más, aparece como la principal palanca de influencia sobre el futuro del país.

Venezuela 


Venezuela es un país en la costa norte de América del Sur con diversas atracciones naturales.

Estabilización antes que ruptura

Desde Washington, el acuerdo se presenta como parte de una estrategia de estabilización previa a cualquier transformación política profunda. La lógica es clara: sin control de los flujos económicos clave, cualquier transición corre el riesgo de naufragar en el caos fiscal, social y territorial. En este marco, el petróleo funciona como ancla de gobernabilidad y como herramienta para administrar los tiempos del proceso.

Este enfoque coincide con la visión expuesta por Marco Rubio ante el Congreso estadounidense, donde planteó un esquema en fases que prioriza el orden sobre la ruptura. La venta de crudo bajo tutela externa no busca normalizar de inmediato la economía venezolana, sino crear un margen de maniobra limitado y supervisado que reduzca la incertidumbre y el riesgo de implosión institucional.

Recuperación económica condicionada

La segunda dimensión del acuerdo apunta a una recuperación económica gradual y selectiva. El acceso de empresas estadounidenses y de países aliados al mercado petrolero venezolano no se concibe como una apertura plena, sino como un mecanismo de reinserción controlada, orientado a reconstruir capacidad productiva sin restablecer los viejos circuitos de captura de rentas.

En términos políticos, esta etapa busca generar incentivos para la cooperación interna y externa. Al condicionar el flujo de recursos, Washington conserva capacidad de veto y de presión sobre los actores locales, reforzando su rol como garante del proceso y limitando la autonomía de cualquier gobierno de transición.

El precedente sudafricano

La lógica detrás del acuerdo petrolero remite a una lección conocida en la historia de las transiciones políticas. Los cambios de régimen no se construyen con aliados ideales ni con rupturas absolutas, sino con interlocutores imperfectos y mecanismos de control que permitan sostener gobernabilidad. La experiencia de Sudáfrica es ilustrativa: sin la negociación entre Nelson Mandela y Frederik de Klerk, la salida del apartheid habría derivado en un escenario de confrontación prolongada.

En Venezuela, el petróleo cumple el rol que en otros contextos ocuparon las fuerzas armadas o las élites económicas: un factor estructurante que obliga a pactos incómodos y a concesiones tácticas. La tutela externa sobre los recursos no elimina el conflicto, pero reduce su potencial destructivo.

Transición bajo supervisión

El acuerdo petrolero confirma que la transición venezolana, de concretarse, no será un proceso soberano en términos clásicos. La administración condicionada de su principal activo estratégico implica una cesión parcial de autonomía a cambio de estabilidad. Para Washington, el objetivo no es gobernar Venezuela, sino moldear los incentivos del sistema para evitar un vacío de poder.

Este esquema generará resistencias, tanto dentro del país como en sectores que reclaman una ruptura inmediata con el pasado. Sin embargo, la historia sugiere que las transiciones exitosas rara vez se ajustan a modelos ideales. Como en otros procesos comparables, el dilema venezolano no es entre tutela y soberanía plena, sino entre una transición imperfecta y el riesgo persistente del colapso.

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