La posibilidad de que Estados Unidos utilice presión política para ampliar su control sobre Groenlandia volvió a colocar a Europa ante una realidad incómoda: su capacidad de respuesta es limitada cuando el desafío proviene de su principal aliado. Más allá del tono provocador de Donald Trump, el episodio revela una asimetría estructural entre el poder estadounidense y la arquitectura defensiva europea.
La situación no solo interpela a Dinamarca como Estado soberano, sino que expone las debilidades de la Unión Europea para actuar de manera coordinada en cuestiones de seguridad dura. En un contexto de competencia global creciente, la falta de instrumentos propios refuerza la percepción de que Europa reacciona más de lo que decide.
El interés de Washington por Groenlandia responde a una lógica geopolítica clara: el Ártico se está transformando en un espacio central para la seguridad, el comercio y el acceso a recursos estratégicos. El deshielo abre nuevas rutas marítimas y amplía la relevancia militar de una isla clave para el control del Atlántico Norte y del flanco ártico.
Para Europa, este escenario implica aceptar que Groenlandia ya no es solo un asunto periférico, sino un punto sensible donde confluyen intereses globales. La incapacidad de ofrecer una alternativa estratégica sólida refuerza la dependencia europea de la protección estadounidense, incluso cuando esa protección se convierte en fuente de presión política.
Groenlandia vuelve a estar en el foco mediático.
— Mar Gómez (@MarGomezH) January 7, 2026
Pero si queremos entender por qué importa de verdad, hay que hablar de lo que hay bajo el hielo y de lo que trae el deshielo precisamente.
¡Abro hilo!👇 pic.twitter.com/yhw1UYFgtm
El caso groenlandés ilustra el dilema central de la política exterior europea: cómo sostener la alianza transatlántica sin renunciar a principios básicos de soberanía y derecho internacional. Las reacciones europeas, centradas en declaraciones diplomáticas y llamados al respeto institucional, evidencian la falta de herramientas coercitivas creíbles.

Mientras no avance una verdadera autonomía estratégica, Europa seguirá atrapada en una lógica defensiva, obligada a gestionar tensiones sin capacidad real de disuasión. Groenlandia funciona así como un síntoma de un problema más amplio: la distancia entre el discurso europeo y su poder efectivo en un mundo cada vez más marcado por la competencia entre grandes potencias.