El Tiburón ya no es solo una metáfora política, sino una dinámica concreta de acumulación de poder que se despliega en distintos países de América Latina. Su figura condensa una forma de liderazgo que avanza sin estridencias, aprovechando las grietas institucionales y la fatiga ciudadana frente a sistemas percibidos como ineficaces. En ese contexto, la pregunta sobre quién puede detenerlo deja de ser retórica y se convierte en un dilema estratégico.
A diferencia de ciclos anteriores, este fenómeno no se apoya únicamente en mayorías electorales contundentes, sino en una gestión del tiempo político que desarma resistencias antes de que logren articularse. El Tiburón se mueve con paciencia, consolidando posiciones clave mientras sus adversarios discuten diagnósticos o apuestan a desgastes futuros que nunca terminan de llegar.
El crecimiento del Tiburón se explica por una arquitectura de control gradual que combina reformas legales, acuerdos pragmáticos y cooptaciones selectivas. No se trata de una ruptura frontal con el orden existente, sino de su reinterpretación constante a favor del poder central. Cada avance parece menor en aislamiento, pero en conjunto construye un esquema difícil de revertir.
En paralelo, la oposición suele quedar atrapada en marcos narrativos del pasado. Insiste en confrontaciones simbólicas o denuncias morales que no logran traducirse en alternativas de gobierno. Mientras tanto, el Tiburón capitaliza la demanda de estabilidad y orden, presentándose como el único actor capaz de garantizar previsibilidad en escenarios marcados por la incertidumbre.
🚨BREAKING: Javier Milei has reached a 60% approval in Argentina following the success of his economic policies
— Basil the Great (@BasilTheGreat) January 8, 2026
This is unprecedented
Capitalism wins pic.twitter.com/68yU0QpiWa
Detener esta dinámica exige algo más que alianzas circunstanciales o liderazgos reactivos. Requiere instituciones con capacidad real de control, partidos con vocación mayoritaria y una narrativa que vuelva a conectar con expectativas sociales concretas. Sin esos elementos, cualquier intento de freno se diluye antes de consolidarse.
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La historia reciente muestra que el Tiburón no cae por exceso de poder, sino por errores de lectura del contexto. Mientras eso no ocurra, seguirá avanzando. La pregunta, entonces, no es solo quién puede detenerlo, sino si el sistema político actual está en condiciones de hacerlo.